El ilusionista…

Domingo, una vez más la mañana me encuentra envuelto en el ritual de siempre, una vez más la inercia me empuja de la cama y me somete a la rutina que pareciera no acabarse nunca; y movido por la energía renovadora del sueño me dirijo al baño, anestesiado por las irradiaciones de la última visión hago la cama y camino hacia la cocina. Entonces, son los rayos del sol los primeros en darme los buenos días, son éstos los que sin permiso se introducen con fuerza por la ventana que sin poner resistencia los deja a su aire para que invadan toda la casa.

Mientras desayuno, navego  por unos instantes con el pensamiento y me dejo llevar por la claridad del día. El domingo se muestra reparador y amigable. Tomo un sorbo de café y llego rápido a la conclusión de que salir a dar una vuelta puede ser una buena idea. Pero antes de tomar cualquier decisión me inclino por leer el periódico. Y protegido por esa sensación que me envuelve me acerco hacia el ordenador y lo enciendo, busco el diario y leo algunos de los titulares: 

“El Papa pide a Israelíes y Palestinos retomar los diálogos por la Paz; Más de la mitad de la gente cree que el vicepresidente debe irse; El Estado le financió una cirugía al acusado de cinco crímenes; La selección ganó y Messi encendió la ilusión de todos los argentinos…”

Entonces me detengo por unos instantes en los títulos y analizo las posibilidades que se esconden detrás de estas noticias, y antes de que pudiera decidirme por alguna de ellas, la imagen de un niño que juega junto a su padre me paraliza, antes de inclinarme por una de las notas, descubro que la semana entrante es el día del padre. Entonces, alejo apenas la mirada del periódico y me mantengo por unos instantes sin mirar hacia ninguna parte, retrocedo hacia el pasado atraído por una fuerza que me atrapa y vuelvo al comienzo, a ese punto donde tuvo origen mi memoria; y al hacerlo, los recuerdos que parecían olvidados reavivan pasajes de mi infancia que se revelan como una tira de fotogramas. En todos ellos, esa máquina extraña y poderosa que es el cerebro, me devuelve imágenes en la que estoy junto a mi padre.

Pero dejo los recuerdos de la infancia por unos momentos, y vuelvo al diario que tengo delante de los ojos. <La idea de comenzar con el Papa no es mala>-pienso-. Y a pesar del interés que me despierta la nota decido dejarla para más adelante. Y la verdad es que la figura del Papa Francisco me generaba mucho respeto, no sólo por la gran sorpresa que me causó, sino porque a través de su nombramiento tuve un verdadero motivo para enorgullecerme. Estúpido lo sé, seguramente motivado por el hecho de vivir fuera y por pertenecer a un país que no tiene demasiadas cosas de que vanagloriarse. Y lo cierto es que cuando uno vive en otro país, en ocasiones puede llegar a experimentar un exacerbado sentido patriótico, un sentimiento que por momentos se agiganta, y que no es otra cosa que el miedo al desamparo.

Además, vivir fuera y ser argentino implicaba ser comparado con figuras como Maradona, Messi, o Riquelme; o quizás verse involucrado en conversaciones donde Perón, Evita, Guevara, Borges, y otros, podían despertar ciertas polémicas; y si bien los grises de unos eran los blancos de otros, ninguno de ellos había logrado una proeza semejante; ninguna noticia tuvo tanta repercusión como la de este Papa que había venido del fin del mundo. Y lo cierto es que este hecho tan particular había provocado, además de asombro, una sensación de que todo era posible; no solo despertó a ese escritor dormido sino que se transformó en una inyección de confianza. A partir de entonces sentí la gracia de quitarme un gran peso de encima.

<La dimisión del vicepresidente no es una noticia menor>-pensé-. Si bien confirmaba una vez más  la corrupción que se viene llevando a cabo en el país desde hace décadas, que la justicia sea capaz de llamar a declarar a un funcionario de ese calibre generaba un gran avance. De todas maneras consideraba que este hombre debía seguir los consejos de la gente y retirarse. Pero pensar que la moral y la ética fueran capaces de vencer a la necedad y a la prepotencia era ir demasiado lejos, pensar que un día la justicia podía llegar a ser noticia en Argentina constituía una conquista que nadie era capaz de creer. De todas maneras, supuse que la idea de abordar esta nota me llevaba a despertar sentimientos que no eran los más convenientes para una soleada tarde de domingo.

Me niego rotundamente a leer la siguiente noticia – me dije -. Qué el Estado se vea involucrado en un hecho semejante me genera serias dudas. Y si bien, a pesar de su frondoso prontuario, el paciente estaba en todo su derecho, en argentina, no era extraño sospechar que una decisión como esa estuviera atravesada por la polémica. Y aun cuando la resolución podía ser tomada como modelo para la sociedad, estaba claro que manos de los gobernantes argentinos, hechos como estos solo podían ser utilizados con el fin de perpetuarse en el poder. Evidentemente no iba a encontrar nada bueno por este lado, y sin pensarlo demasiado me distancié de ese título y dejé la moralidad para otra tarde menos prometedora.

El Mundial en cambio tenía otro color, hablar de futbol era hablar de pasión, de identidad, era volver a ilusionarse; y cuando entre los títulos de un periódico figuraba el nombre de Messi el entusiasmo estaba justificado; y nadie que estuviera en su sano juicio podía opinar lo contrario. La pulga era el mejor jugador del momento pese a quien le pese y la copa del mundo era la mejor ocasión para ratificarlo. Argentina tenía una nueva oportunidad y una vez más los dioses habían elegido ese país sudamericano: el nuevo mesías había nacido en Rosario y jugaba con la camiseta albiceleste.

Por otra parte Brasil era el anfitrión, tenía la posibilidad de hacer feliz a su pueblo y parecían conscientes de eso: habían gastado millones en la organización del Mundial, Neymar estaba en plena forma y su técnico supo formar un buen equipo. La sombra del Maracanazo aún estaba viva y por ningún motivo iban a permitir que esta vez nadie les sople la oreja. Mucho menos un argentino.

Y al pensar en esta y otras cosas que rodeaban la copa del mundo, viejas imágenes de la selección Argentina aparecieron de pronto en mi memoria, viejos registros, videos de antiguos mundiales pretendían hacerme recordar algo que no acababa de entender: Ratín estrujando el banderín de Inglaterra, Luque lanzándose en palomita, el Matador entrando con fuerza sobre la defensa holandesa, Diego solo en una carrera interminable contra todos los ingleses, Cani y el gol más importante de su vida.

Y esta alusión que por un instante pareció tan lejana, se continuó con una cadena de recuerdos que me llevaron a Retiro, a la 9 de Julio, al Obelisco; y desde la canina de un viejo Bedford veía a la ciudad vestirse de celeste y blanco, veía papelitos cayendo de los edificios, desde ese viejo camión que no paraba de balancearse, las lágrimas daban paso a los abrazos y los coches con sus bocinazos acompañaban un grito que nacía de lo más profundo: “¡Vamos vamos Argentina, vamos vamos a ganar, que esta banda quilombera, no te deja, no te deja de alentar…!”

Entonces sentí que la ilusión se había desatado por completo, y que todas esas imágenes que guardaba de otros mundiales no se habían despertado por capricho sino que lo que pretendían era hacerme recordar que mi lugar estaba en esa tierra sudamericana, en ese lugar en el que había nacido y en donde la pasión encontró a todo un pueblo. Y ese pueblo era el pueblo argentino.  

El domingo sí que prometía, y al tiempo que leía la nota traté de alejarme de la excitación, volé con la imaginación hacia ese mundial que estaba cerca y entonces volví a pensar en el diez que brillaba con la camiseta albiceleste. Logré apenas dejar de lado las lágrimas y el fanatismo y analicé las posibilidades concretas de llevar a cabo el sueño de la selección Argentina. Recordé que este pibe era el único jugador que había logrado cuatro balones de oro, que era el máximo goleador de su club, y que todo lo que había logrado era a fuerza de amor y sacrificio. Supe que nadie mejor que él había entendido el hecho de ser argentino. El domingo no podía ser mejor, la mañana no solo se mostraba afable, sino que me ponía ante un ilusionista de la vida…

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