Cosas de rufianes…

En los periódicos en ocasiones se encuentran fotos que irremediablemente te llevan a preguntarte: ¿Cómo se hace? ¿Cómo se hace para tener que soportar tanta falta de ética, de moral y de respeto? Para entender que tal vez si fuéramos otra sociedad las cosas serían de otra manera. Que un dirigente sospechado de corrupción debería dar un paso al costado. Que un gobierno serio debería tomar cartas en el asunto.

 Pero vivimos en una nube que nos mantiene atrapados, excluidos, maniatados, aferrados a una densidad que no nos permite aclarar nuestras opiniones, o desarrollar nuestras ideas; a una nube que se viene agigantando desde hace mucho tiempo, un periodo que tiene su origen en la victoria de la oligarquía. (Pongo este punto porque todo lo anterior fueron luchas, sangre y violencia). Y es esta misma niebla la que de tanto insistir, nos resigna a creer que a las ideas les pasa lo mismo que a esas huellas que encontramos fosilizadas en las rocas, es esta neblina la que nos lleva a pensar que la corrupción es algo de toda la vida.  

Lo peor del caso es que se ríen de nosotros en nuestra propia  cara, y como esos sultanes que se pasean por el mundo exhibiendo su poder, se muestran con mujeres que están más pendientes de su billetera que del daño que están provocando. Lo triste es que van creando espejos, modelos a los ojos de las nuevas generaciones que entienden que para ser exitoso no queda más remedio que pisar al de al lado. Generaciones que no tienen trabajo, que no tienen estudio y que por este motivo se han quedado relegadas.

Y de todo esto que nos pasa somos los únicos responsables, porque los dejamos que nos sigan mirando desde arriba; somos nosotros los que al naturalizar la pobreza, hemos perdido el espíritu revolucionario; los que cada día que pasa, nos vamos pareciendo más a ellos.

Es así como esta falta de carácter que se va desarrollando dentro de nosotros, como éste listo en que nos hemos convertido, nos provoca una gran incapacidad para mirar al otro; un sálvese quien pueda que nos lleva a poner nuestro interés sólo en aquello que nos importa o en aquello que nos rodea, convirtiéndonos así en pasivos ciudadanos condenados a vivir en una realidad que se muestra imposible de transformar.

Tal vez la respuesta haya que buscarla en Freud, Lacan y todos esos intelectuales que pululan en la cabeza de una minoría; una minoría que no les falta trabajo porque se regocijan buscando soluciones a individualidades que sufren los problemas de la mayoría; una élite que por estar más pendiente de poner en practica palabras que no sirven de mucho, se muestra incapaz de advertir que cuando una sociedad se hunde no hay psicoanálisis posible.

Abrir los ojos seria comenzar por algo, las sociedades más avanzadas crecieron porque vieron en la política el único camino posible hacia a la libertad, hacia a la democracia, hacia el gobierno del pueblo; porque entendieron que los intereses de uno son también los intereses de la mayoría, y sobre todo, porque estaban hartas de soportar a rufianes que se enriquecían pretendiendo acallar sus necesidades, por unas pocas monedas…

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