Una luz que lo ilumina todo…

Hace tiempo que me lo pregunto. Hace tiempo que cargo con esta curiosidad que más que una curiosidad con los años se ha transformado en una obsesión. Porque, si es verdad que estoy inmerso en un océano de símbolos que me atraviesan y que me dan forma: ¿Cuál es mi aspecto real?

A ver, un momento, tal vez la pregunta no esté bien hecha o le esté faltando algo. Algo, que me sacaría completamente de la duda. Pero lo cierto es que lo desconozco. Además, no sé qué tan acertado estoy al hacerme esta pregunta. Porque, ¿no sería un error negar que soy apenas un conjunto de células y que esta pregunta solo puede ser respondida por la genética?

Digamos que si y no, digamos que si lo que pretendemos es ver lo que se ve a primera vista o con facilidad lo que tenemos delante la genética no tiene discusión; pero si lo que pretendemos es descubrir lo que está más allá, quiero decir la expresión o esa parte de nosotros que no admite ninguna duda, ahí la genética se queda afuera; se queda afuera porque no somos más que el resultado de una pluralidad. De una pluralidad de relaciones con el mundo que responde a una amplia variedad de desafíos. Desafíos que encuentran una enorme cantidad de respuestas que se van grabando en nuestro rostro. Y tal vez la prueba más clara la podamos encontrar en esos gemelos que por distintas circunstancias se han  criado en entornos diferentes. No solo su expresión es distinta sino que dependiendo del entorno en que hayan sido criados la genética juega un papel más o menos importante.

Por otra parte tampoco estoy tan convencido, ya que cabe la posibilidad de que ese algo a que me refiero esté en nosotros desde un primer momento, y nuestro camino por la vida no sea más que una búsqueda que tiene por objetivo recuperarlo.

La verdad es que no lo sé; lo desconozco y no es que con esta pregunta esté negando las distintas etapas de mi vida, o me ponga en contra de la vejez o el paso del tiempo. Tampoco es que haya perdido la memoria y de pronto pretenda negar las imágenes grabadas en papel que revelan mi pasado. Pero no sé, desde hace algún tiempo se me ha metido en la cabeza que yo no soy esa imagen que me devuelve el espejo.

Tal vez algunos crean que me estoy volviendo loco, incluso lleguen a pensar que ciertos libros pueden hacer mucho daño. Pero tampoco sé si esta ocurrencia es producto de alguna lectura o si ya estaba en mi cabeza antes de comenzar con esta experiencia.

Si, tal vez me esté volviendo completamente loco, pero desde hace un tiempo llegué a la conclusión de que el problema está al salir del vientre de la madre. Quiero decir, si bien es verdad que el niño no desarrollaría la vista si en los primeros meses se hallara en una habitación oscura, también es verdad que el mundo lo atrapa demasiado rápido, tan rápido que al poco tiempo de nacer anula su capacidad de desarrollar la visión.

A ver, esto último que estoy diciendo no es algo que esté en los libros de medicina y probablemente en la cabeza de un médico tampoco; ya que éstos, al igual que el resto de la gente, sufrieron la misma suerte que experimentan todas las creaturas al nacer. No, los médicos no son dioses, y a pesar de sus capacidades o de sus enconados esfuerzos por prolongar la vida, ellos, no solo ignoran que hay una capacidad más allá de la vista, sino que también están tan atrapados como nosotros en este océano de signos.

Pero lo cierto es que existe una capacidad que nunca llega a desarrollarse, una que si bien tiene relación directa con la vista, necesita del corazón para que pueda funcionar o para que pueda manifestarse correctamente. Y esa es la capacidad de la visión. Esa es la que nos permite ir más allá de las imágenes. La que nos hace experimentar la pequeñez, o la que nos dice lo afortunados que somos.

No, no creo que me esté volviendo loco. Tampoco creo estar hablando en un lenguaje que sea incapaz de poder ser entendido. De hecho, los sabios lo han explicado mejor y de distintas formas. Porque es evidente que a los que manejan nuestras acciones no les interesa. No les interesa porque para ellos el mundo no es más que una gran fábrica de deseos. No les interesa porque cuanto más prolifere la confusión más posibilidades tendrán de llevar adelante sus planes.

Lo cierto es que a mí me pasó lo de Pirandello, solo que yo lo vi de otra manera; mi idea no pasa por como él la ve en “Uno, ninguno, y cien mil”; quiero decir mi idea no surgió a partir de cómo me veo o como me ven los demás, sino más bien tiene su origen en esa capacidad que han desarrollado algunos hombres y algunas mujeres superiores.

Y perdónenme que insista con esto, yo no puedo ser solo un conjunto de células que le dan forma a un rostro. Yo no puedo ser solo un cuerpo perecedero que se va transformando con el paso del tiempo. No sé, me gustaría que algún día alguien me diga que aspecto tengo. Me gustaría saber si a alguien le pasa lo que a mí cuando ve a una persona que ha encontrado la paz. Es evidente que no somos un conjunto de células. Es más, yo me arriesgaría a decir que somos una luz que lo ilumina todo…

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