Un bote en la noche…

Cientos de rostros anónimos avanzan a través del polvo. Algunos van cantando, otros prefieren el silencio. Cargan con un pequeño bolso y llevan también algo de dinero. El suficiente para pagar el bote que los apartará de la escasez y del hambre. Ninguno sabe bien lo que le espera pero, ¿qué puede ser peor? Cuando se ha sufrido tanto el miedo deja de existir y el destino cobra fuerza. Uno se entrega a él como el animal que vive sin pensar más que en el presente. Los sueños desaparecen pero están convencidos de que existe un lugar mejor.

El sol resplandece en el cielo abierto. Amaru va adelante del grupo, es de contextura grande y cara redonda; de los tres es el único que tiene mujer y un niño pequeño. Musa es alto y desgarbado; solo tiene un hijo al cuidado de una hermana. Yango es pequeño y de expresión reservada; ha perdido a toda su familia en la guerra. Apenas llevan juntos un par de horas.

-¿De dónde vienes? -le pregunta Musa a Yango que casi no habla.

-Sierra Leona -responde.

-¿Y tú? dice Musa mirando en dirección de Amaru que va pendiente de la carretera.

-¡Gambia! –grita, sin quitar los ojos de los coches.

Musa partió de Mali hace varias horas. Hablan diferentes lenguas pero se entienden. Los une la idea de llegar a Mauritania. De ahí sale la embarcación que los lleva a España.

-¿Te gusta el futbol? –le dice Musa a Amaru que se acerca al grupo.

-Messi –contesta y hace un movimiento de cintura.

-¡Si señor! –agrega Yango con una sonrisa y balanceando la cabeza.

-A mi hijo le gusta Ronaldo –dice Musa que no puede evitar reírse con el gesto de Amaru.

No se conocen y ya tienen algo que los une. Sin darse cuenta descubren que haciendo un gesto con el pie no solo consiguen relajase sino que además pueden comunicarse mejor.

Messi… –repite  Amaru con una sonrisa.

Continúan por un camino de tierra que atraviesa un campo de pastos altos. Pasan por una  aldea y desde la puerta de una de las chabolas los ve pasar una niña. Lleva la ropa rasgada y tiene la mirada triste. Yango saca un pan de su bolso y se lo da. La niña lo toma y sé queda mirándolo como se marcha.

Avanzan bordeando una estrecha carretera. Los persigue un perro flaco que no les quita la vista de encima.  Amaru le hace un gesto para que se vaya, pero el animal insiste, reacciona haciendo unos metros hacia atrás pero continúa sin perderles pisada. De pronto para un camión y se suben en la parte de atrás. El vehículo arranca y se quedan mirando al perro que ladra envuelto en el smog y el polvo.

La tarde brilla y el camión avanza a través de una zona desértica. Los muchachos viajan de pie y  se entretienen cruzando algunas palabras. El sol los acompaña durante un buen rato y antes de marcharse decide dejarlos en compañía: una dilatada mancha roja se dibuja por encima del horizonte. Los hombres miran al cielo y se quedan abstraídos. Luego una brisa salina los atrapa y pocos minutos después el camión se detiene. Su destino está a un par de kilómetros –les informa el dueño del vehículo. Éstos le agradecen con entusiasmo y se bajan.

Llegan a tiempo, una embarcación que parece estar a punto de salir apenas está completa. A primera vista le queda suficiente lugar y los muchachos se alegran. Luego ven a unos hombres de origen magrebí reunidos en círculo cerca de unos cayucos y se dirigen hacia allí, pero antes de ponerse en contacto uno de ellos viene a su encuentro.

-Hola –dice y acompaña el saludo con un movimiento de cabeza; inmediatamente, agrega-. Hay espacio.

-¿Cuánto? –pregunta Musa.

-1500 dólares –contesta-. Y 200 dólares más con chaleco. –Unos  chalecos caseros que no ofrecen ninguna garantía.

Los muchachos se miran entre ellos. Musa y Yango tienen suficiente dinero, a Amaru le faltan unos cuantos dólares. Entonces Musa desiste de la idea de pagar por el chaleco y le da el dinero restante a Amaru que se lo agradece chocando su mano y con una mirada cargada de gratitud.

Antes de subir a la embarcación los tres amigos se muestran indecisos. Yango prefiere colocarse en la proa y los otros lo acompañan pero eligen ubicarse lejos de la borda. Varias mujeres, entre ellas una chica embarazada, deciden acomodarse en la popa. Luego la embarcación se va colmando y en cuestión de pocos minutos el bote está lleno. Sin embargo  ninguno de los magrebíes parece estar dispuesto a zarpar. En su lugar siguen metiendo gente hasta que apenas hay espacio para moverse. Al final el patrón se acerca al barco y cuenta la tripulación, hace un gesto con la mano a los hombres que  segundos antes estaban con él y se sube con prisa en el bote. Y antes de dar arranque al motor les dice a los tripulantes que no se duerman, que tengan las bolsas a mano y que si alguien se cae al agua no volverá para recogerlo. Luego los mira pero nadie le responde: son en su mayoría hombres jóvenes que no pasan de los treinta años; también hay mujeres y niños, y unos pocos mayores. Todos subsaharianos menos él.

El cayuco rompe con la primera ola y poco a poco se va alejando de la costa. Algunos hombres miran al cielo y le piden a Dios que los acompañe. Otros llevan sus miradas en dirección a la playa y se despiden por última vez de sus familias, y se dicen a sí mismos que pronto van a volver. La patera deja atrás el rompiente y se va adentrando en el mar. Las mujeres rezan en voz alta y los niños las miran en silencio. Rápidamente el miedo se apodera de la embarcación pero nadie está dispuesto a dar marcha atrás. Su suerte está echada y todos parecen advertirlo. Nadie tiene nada que perder y eso hace que el desasosiego sea más soportable. Una ola golpea la embarcación y el agua salpica a los tripulantes. El barco se balancea de un lado a otro y pronto la humedad se instala en cada uno de sus rincones. Un hombre hace uso de una bolsa y otro siente como su estómago se revuelve. Se oyen gritos y algunas risas forzadas. Las madres protegen a los niños y éstos desaparecen debajo de las mantas.

El bote se adentra en el mar y la oscuridad se hace más profunda. Una brisa helada alcanza a la tripulación y éstos se aprietan unos con otros para darse un poco de calor. La luna los acompaña desde el cielo y algunos le piden que los ilumine. Entonces ésta los complace y traza un largo camino a través del océano. El viento también colabora y el balanceo de la embarcación disminuye. Se calma pero nadie es capaz de cerrar un ojo. La travesía promete ser larga y el ruido del motor es lo único que se oye.

El agua golpea suavemente contra la borda y la embarcación sigue avanzando. Hundida en las tinieblas es apenas una cascara de nuez en medio de la inmensidad. Deslizándose sordamente sobre un mar brumoso y poblado por extrañas criaturas la barcaza se entrega a Dios con resignación. Pasada la medianoche las estrellas son las únicas que parecen albergar alguna esperanza. El frío se hace más intenso conforme van pasando las horas. El rocío del agua penetra en los huesos y no se piensa más que en el sol para acabar con esa tortura.  

De pronto el cielo se despierta y se pone pálido. Las primeras estrellas desaparecen y poco a poco comienza a distinguirse la línea del horizonte. Amanece y a pesar del cansancio y del miedo la esperanza se renueva. Nadie ha podido pegar un ojo, pero en medio de aquella infinita soledad la tripulación respira. Jamás habían pensado que una noche en el mar podía ser tan larga y sin embargo sus miradas siguen tan encendidas como cuando partieron de la costa.

La mañana acaricia el bote que no ha dejado de avanzar desde que zarpó de Nuadibú. El día es resplandeciente y tibio. Nadie durmió un minuto en toda la noche, pero se estiran, bostezan, o musitan algunas palabras como si se estuvieran despertando. Algunos hacen un gesto de dolor, otros se sonríen con el que tienen a su lado. <Ya falta menos> -piensan-.  <En unas horas estaremos en Canarias>. 

Por primera vez desde que se subieron al cayuco la calma parece instalase en la tripulación. El viento sopla tibiamente y el bote continúa avanzando. Es imposible calcular cuántos kilómetros hicieron durante la noche pero, en aquella inmensidad, pareciera como si no se hubieran movido. Entonces el sol despunta con fuerza y la embarcación cobra vida. El patrón les pide que no se muevan demasiado y los hombres responden estirando las piernas y los brazos. Las mujeres besan a los niños y le agradecen a Dios por el calor que llega desde el cielo.

 Es casi mediodía y al fin logran distenderse. El miedo no desaparece pero han conseguido dominarlo. Yango saca una lata de Sardinas y se acuerda que el pan se lo ha dado a la niña de mirada triste. Aun así abre la lata y la comparte con los que tiene a su alrededor. Apenas ha podido probarlo. El pescado desapareció en cuanto abrió la lata.

-Suerte que tomé uno –le dice Yango a Musa que no ha podido probarlo.

-Está bueno –responde Amaru que se chupa los dedos.

-Ya lo veo –dice Musa que se apena por no haber sido lo suficientemente rápido.

-No te preocupes Musa en cuanto lleguemos nos comemos un buen plato de calamares -contesta Amaru que se lleva el dedo pequeño a la boca para quitarse un resto de pescado que se le ha quedado enganchado entre los dientes.

-¡Si señor! –sentencia Yango con una sonrisa antes de ser sorprendido por una ola que lo obliga a sujetarse del bote con las dos manos.

Llega el mediodía y el sol está justo encima de la embarcación. Todos revelan signos de cansancio pero se contentan con ver al bote que avanza firme abriéndose paso sobre un mar sereno y abierto. Luego alguien saca una botella con agua y se la pasa a unos niños que se muestran agotados. La joven embarazada también bebe y, antes de pasar la botella a una mujer con un llamativo turbante que la observa abatida, respira como si ese último sorbo le hubiese devuelto la vida.

Por la tarde los ánimos mejoran. Un muchacho con la camiseta de la selección española le pregunta al patrón sobre qué hora deberían llegar y éste le responde que si todo va bien cree que por la noche estarán llegando las islas. Esta respuesta sube aún más el ánimo de la tripulación que ve como el sueño está cada vez más cerca. De pronto una mujer comienza a cantar y las otras la siguen. Los niños aplauden y algunos hombres, los más cercanos a la borda, acompañan dando golpes sobre la embarcación.

Son las cinco de la tarde y reina el buen ánimo. Yango, que parece haberse olvidado del susto que se dio horas antes, desde la proa cuenta los tripulantes que viajan en el bote: Son veinticinco incluido el patrón. Veinticinco almas, unidas por el deseo de llegar a Canarias. Yango está feliz, él no tiene familia pero sabe que España es un buen lugar para comenzar de nuevo. Jimmy (un amigo que lo espera en Sevilla), le contó que los españoles son alegres y hospitalarios. 

Pasada la tarde el sol amenaza con marcharse y el cielo se pone del color del vino. Un viento proveniente del norte agita la marea y la corriente hace que la embarcación comience a balancearse. El patrón mira hacia el horizonte y no oculta su preocupación. Los tripulantes se miran entre ellos y el miedo regresa. Las mujeres dejan de cantar y el silencio aumenta el desconcierto.

Se hace de noche. Desde el cielo unos nubarrones grises amenazan con lluvia. El mar está revuelto y el barco resiste. Los hombres se agarran con fuerza a la borda y las mujeres rezan en voz alta. Los vómitos inundan el interior de la embarcación y los gritos se confunden con la furia de la marea. Un hombre vestido con una túnica clara saca un rosario del bolsillo e implora en voz alta llevando los brazos hacia el cielo.

-¿Dónde está la costa…? –Grita-. ¡No nos abandones ahora…! –repite.

 Yango se aferra con fuerza a la proa. Musa intenta mantener la calma. Amaru trata de pensar en su mujer y en su hijo. La mujer del turbante tranquiliza a la chica embarazada que no para de hacer gestos de dolor y tomarse la panza. El barco se hamaca de un lado a otro y el patrón evita que toda la tripulación se vaya al agua. El viento persiste en la idea de escorar el bote y los hombres intentan evitarlo utilizando su peso. Pero de pronto una ola impacta de lleno sobre el cayuco y el muchacho con la camiseta de España cae al agua. Entonces Yango alcanza a tomarle una mano y el joven apenas puede aferrarse. Resisten. El terror se apodera de la embarcación y todo parece quedar en manos del destino. Amaru toma de las piernas a Yango que tiene medio cuerpo fuera del bote. El muchacho grita en un idioma que Yango no alcanza a entender y una mujer repite una y otra vez que no lo suelte. Otra llora y se tapa la cara. El patrón continúa con la vista fija en el agua: el mar está picado y persiste en la idea de dar vuelta el bote. Finalmente Yango no resiste y ve como el muchacho se suelta y se aleja.

Todo es dolor y confusión. La esperanza parece haberlos abandonado. Pero antes de que tengan tiempo de lamentarse por la pérdida del muchacho, la mujer del turbante comienza a respirar por la boca y a decirle a la chica embarazada que haga fuerza. La chica que apenas puede mantenerse en la embarcación trata de obedecer a la mujer que insiste.

-Vamos mi amor tu puedes –repite-. Empuja y trata de tranquilizarte.

Las contracciones aumentan. La chica está recostada y con las piernas abiertas. Llora. La mujer del turbante le dice que todo va a salir bien, que  lo único que debe hacer es tranquilizarse y no dejar de empujar. La chica hace gestos de dolor y le dice que le duele. La mujer le pide que no hable y que siga empujando. La escena es inquietante. Los hombres ven que el barco se mueve pero siguen a la mujer del turbante que ha captado toda su atención.

-Vamos que ya viene –dice en voz alta-. Vamos mi amor, un esfuerzo más.

Entonces la chica grita de dolor y seguidamente se oye el llanto de un niño.

Comienza a llover y extrañamente la marea se calma. La vida resiste a las inclemencias del tiempo y la embarcación respira. La madre abraza con fuerza a su bebe y se convierte en el centro de todas las miradas. La muerte se apiada de sus almas y se pierde en la oscuridad. De pronto una luz ilumina sus rostros, y un barco con bandera española les hace saber que están a salvo…

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