Un auténtico delirante…

Un día me pregunté cómo hacer para ir más allá de las palabras. Me interrogué hasta el punto de pretender cambiar el lenguaje. Porque si bien es cierto que éste es utilizado para que todos pensemos igual, por qué no pensar que algún día se pueda crear una lengua que nos permita ser verdaderamente libres.

Antes de continuar, me veo en la obligación de decir que me gusta el vino. Y si bien éste no tiene nada que ver en mis pensamientos, yo estoy convencido de que es una bebida espirituosa. También me gustaría decir que soy un auténtico delirante. Alguien que al igual que el gran poeta americano, cree fervientemente en el poder de las palabras. Porque aunque no lo crean, es verdad que las palabras pueden cambiar el mundo.

No sé, tal vez se me esté yendo un poco la cabeza, pero una vez más les pido que me comprendan. No solo soy un borracho sino que además soy un soñador. Un soñador que prefiere soñar con los ojos abiertos. Insisto, hay algo en el vino que me hace ver las cosas de otra manera. Hay algo en él que no me deja estar tranquilo.

Pero esta intranquilidad, al mismo tiempo actúa como una fuga; o como una liberación en la que los delirios sienten la necesidad de pasar a ser delirios alucinantes. En ocasiones tengo la sensación de que soy otra persona. Una persona que aún no ha nacido. Alguien que está plenamente convencido de que los hombres están fanatizados.

La terraza de Sevilla en la que suelo cenar es testigo de estas alucinaciones y, desde allí, veo las cúpulas de las iglesias y me pregunto si me estoy volviendo loco. Me pregunto si es el karma de esta ciudad, o hay algo más que vuelve a los hombres locos o delirantes. Porque si es verdad que existe el fervor, la terraza de mi casa me ha convertido en un auténtico lunático de la vida.

Lo cierto es que el lenguaje no es más que un condicionamiento. Algo que nos han impuesto de pequeños y entonces no tuvimos más remedio que ceder a la normalización. A la reproducción serial del homo sapiens. Y ahora mismo el sistema ha logrado convencernos de que el consumo es lo que mejor nos define. Una filosofa americana ha dicho que el capital humano cedió al capital económico y que hemos dejado de ser sapiens para pasar a ser oeconomicus. Sin embargo, hace ya algunos años, un auténtico maestro dijo: no hay camino hacia la realidad como tampoco hacia a la verdad.

Pero repito, por qué no seguir los pasos del delirio y creer en las posibilidades de transformar el lenguaje. No digo volver a ser sapiens, es evidente que la inteligencia acaba por confundir; digo pasar a ser verdaderamente humanos. Actuar con el corazón antes de que intervenga la cabeza. Porque si aún no están enterados, el corazón solo sabe amar, la cabeza en cambio se preocupa por dividir.

El desafío no es fácil, lo sé. Pero sé también que existe una manera. Y la manera es cuando le ponemos contenido emocional a las cosas. Quiero decir cuando vemos claramente el peligro. Nada moviliza, ni hace reaccionar con más determinación al hombre que el peligro. El peligro del abismo, del fuego, del hambre. 

Hoy vivimos embotados por los conceptos, por las ideas, por las palabras. Palabras que en lugar de hacernos reaccionar nos transforman en seres llenos de información pero vacíos de conocimiento. Y en verdad nada es más poderoso que el efecto de la emoción. Y ésta solo tiene lugar cada vez que somos capaces de desechar esa basura que hoy se nos presenta edulcorada y envuelta en papel de regalo.

Por ello, para comenzar con esta proeza antes debemos extirpar el tumor que se encuentra en eso que se dio en llamar con el nombre de Real academia. Y como primer acto de emancipación debemos despojarla de todo rasgo pretencioso. Academia a secas es la única palabra que debería llevar este nuevo diccionario. Un diccionario que para ser efectivo tendrá que volver a reescribirse. Y para ello nos veremos obligados a eliminar el noventa y nueve por ciento de las palabras. Estoy absolutamente convencido de que con unas pocas será suficiente: respeto, tolerancia, igualdad, amor.

Entonces volveremos a sentirnos desnudos. Volveremos a ser seres silenciosos, amables, reflexivos. Porque estas palabras, que en principio pueden parecernos pocas, volverán a despertar actitudes que fuimos perdiendo con la llamada evolución. Luego sucederá el milagro y entenderemos que para conocernos en lugar de usar conceptos o ideas abstractas tendremos que tocarnos. Entenderemos que la palabra homo es demasiado belicosa y en su lugar preferiremos mirar a nuestros antecesores. Dejaremos de ser homo sapiens para pasar a ser australopithecus delirantus. Más tarde la Academia se irá alimentando y esta nueva forma será el reflejo de cada una de nuestras acciones.

Perdónenme pero el que avisa no traiciona. Como les dije, tengo una gran devoción por el vino y a veces se me va un poco la cabeza. Pero déjenme que les diga lo que realmente pienso. Aun así, seguimos teniendo demasiadas palabras. Porque aunque nos sintamos decepcionados o creamos que todo está perdido, el mundo se arregla con una sola palabra. Y esa palabra es amor…

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