Trotamundos…

Sábado. Llevo días encerrado en una vida desabrida y monótona, una vida rutinaria que se repite día tras día y que en ocasiones se revela como algo natural; que me dice que un día el hombre debe serenase y conformarse con lo que le toca.

Confieso que estos son los momentos más difíciles, no sólo no tengo ganas de salir, de comer, de hablar, de leer un libro, de asearme; pienso que si tuviera la posibilidad de terminar con todo lo haría. Confieso también que soy un cobarde, pero un cobarde que es consciente de que él es el único que puede cambiar las cosas.

Llueve. La mañana no da tregua. La apatía que me sobrecoge cubre de sombras algunas imágenes que en otros tiempos solían brillar con más fuerza. Los recuerdos son como lanzas que se clavan ante mis ojos y me transforman en un observador que se aferra con resignación a los barrotes de una celda y desde allí, desde la prisión, observa la vida manifestarse, observa el caos, la confusión, la fiesta, el sin sentido; desde allí, desde la fría humedad de la cárcel, la ve bailar un vals con todo su desparpajo, con toda su indiferencia.

Y entonces la lluvia se detiene y tímidamente el sol me hace saber que la tarde tiene algo para regalarme; éste se esfuerza por transformar el cielo y sin embargo yo apenas respondo. Llevo muchos días encerrado y esto hizo que la pereza se apoderara de todos mis sentidos. Además, soy incapaz de recuperar el asombro. La tristeza que me envuelve no solo me ha hecho perder las ganas de todo sino que me ha traído un grave problema con los colores: desde hace un tiempo el gris ha decidido habitar en cada una de las cosas que me rodean.

Muere la tarde y me pregunto quién soy, que quiero hacer con mi vida y, entonces, desde ese dolor que nunca miente, desde ese silencio que pocas veces se equivoca, oigo una voz interior que me dice: tu destino es ese horizonte que brilla, es esa mancha que cubre de rojo el cielo, es esa terca utopía que alumbra cada uno de tus pasos…

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