Tristeza…

La tristeza es un sentimiento de dolor tibio y desconcertante que puede abordarnos de distintas formas, es una sensación amarga y pesimista que en ocasiones suele instalarse cómodamente en nuestro cuerpo con la peligrosa y ocurrente decisión de quedarse. Peligrosa porque adopta una conducta pasiva y obsecuente que adormece nuestros sentidos, ocurrente porque esta decisión puede dar lugar a la inclinación más absurda y la menos esperada.

Y cuando esto sucede, ni ella ni nuestras acciones pasan a comandar el juego, porque su carácter apacible y obediente agiganta la figura de su amante que aprovecha esta sumisión para propagar su veneno, como un virus letal, por todo el organismo. El desgano, la apatía, la bulimia bailan a su alrededor provocando que la vida y la muerte pasen a ser lo mismo; y es entonces cuando ya no hay retorno, y si lo hubiera, las secuelas son irreversibles, porque nadie que se haya liberado de este estado de ánimo taciturno y melancólico, ha salido ileso de esta monstruosa enfermedad llamada depresión.

Desde hace incontables decenios miles de personas combaten este flagelo sin llegar a saber las causas reales que lo provocan, desde hace varios siglos miles de hombres y de mujeres se preguntan por qué las guerras siguen siendo noticia o se asombran cuando el fanatismo provoca que una madre de 39 años despierte una mañana con la idea de terminar con la vida de su hijo.

Desde hace demasiado tiempo, la tristeza cae en las redes de su amante, quien sin pasión, una y otra vez, entierra sus dientes como un animal que come sin llegar a satisfacerse…

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