Sócrates…

Llevaba días encerrado en la habitación, la cama había adoptado la forma de mi cuerpo y el baño se había transformado en el lugar más utilizado de la casa. El desayuno o la comida se habían convertido en cosas menores y la penumbra las hacia aún menos importantes.

Desde que ella se marchó todo me daba igual, y no es que fuera un personaje Shakespeariano pero estaba acostumbrado; habituado a su cuerpo, a su olor, incluso había llegado acostumbrarme a sus reproches. Reproches siempre relacionados con la falta de dinero. Es que, aunque suene raro o uno lo niegue, también puede llegar a extrañar esos momentos en que quiso que la tierra lo tragara. Y lo cierto es que estaba enamorado, o para decirlo mejor, la quería con todo lo que tenía: con lo bueno y lo malo, con sus blancos y sus grises, con los cambios de humor, con esa forma de mirar que me hacía sentir el hombre más afortunado.

Pero un día llegué de la facultad y me encontré con una carta sobre la mesa; una noche en la que necesitaba tenerla cerca, su letra, pequeña y cuidada, me  hacía saber que los deseos son tan caprichosos como el destino: “Me fui cariño. No me llames. Necesito estar sola y pensar. Te dejo a Sócrates, me lo llevaría pero mi madre tiene dos perros; además creo que será mejor si se queda contigo, te traerá buena suerte”

Hablar de que un gato negro pueda tener alguna relación con la suerte era algo más que una cruel ironía. Y si bien amaba a los animales y en particular a Sócrates, no entendía por qué el pobre bicho debía asumir tal responsabilidad. Su función no era cargar con el muerto sino que consistía en estar tirado. Sócrates era un gato y como buen felino lo que tenía que hacer era maullar y no responder a ninguna de mis peticiones.

 Y lo cierto es que cuando uno se siente abatido no hay distracción que valga y reconozco que el gato en esos primeros días de abandono no sirvió de mucho. A pesar de eso éste notó que las cosas  habían cambiado pero su comportamiento fue casi el mismo de siempre: Maullaba cada vez que tenía hambre y en ocasiones se subía en la cama para agradecerme que yo todavía le siguiera poniendo un poco de leche en el plato.

Los días pasaban y mi semblante estaba cada vez más desmejorado. La barba dejó de tener ese aire cuidado que con las gafas me daba una imagen de intelectual para convertirse en una mata tupida que más me asemejaba al aspecto de un vagabundo.  Mi ánimo había descendido y en la facultad se decidieron a darme una licencia. Sin embargo toda la filosofía que había enseñado durante los últimos quince años no me servía para nada. Y en lugar de mantenerme a flote me hundía como el Titanic luego de haberse dado de lleno contra la roca de hielo.

Estaba perdido. Lo último que se me hubiera ocurrido es que Paula tomaría una decisión semejante. Sobre todo ella que se enorgullecía de que sus padres llevaran juntos más de cuarenta años; ella que no entendía como los míos se hubieran divorciado. Pero la vida nunca deja de sorprenderte, y en un instante te das cuenta que veinte años no son suficientes para conocer a una persona.

Reconozco que la última etapa discutimos bastante, y que en más de una ocasión creí no reconocerla. Incluso un día hasta  estuvo a punto de tirarme con un plato. No le respondí como ella hubiera querido y comenzó a gritarme y a decirme que estaba arrepentida de haberse casado. Esa noche me fui a la habitación y la dejé con la palabra en la boca.

Es que nada de lo que me contaba parecía coherente, un día decía que quería terminar la facultad, otro que más le apetecía hacer un curso; al siguiente que le gustaría cambiar de trabajo, al otro que lo mejor era que nos mudemos de barrio, y podía estar así interminablemente; hasta que al final me dejaba sin argumentos y optaba por no tomarla en serio. Además siempre estaba harta, harta de esto, harta de aquello, harta de no poder viajar, harta de no poder comprarse la ropa que le gustaba, harta de la vida que llevaba, harta de que nadie la comprendiera, harta de su madre, harta de sus amigas, harta, harta, harta, siempre estaba harta.

Cuando nos casamos vivimos un tiempo con sus padres, y si bien teníamos nuestro espacio y ellos prácticamente no se metían en nada, siempre soñábamos con tener nuestra propia casa. Una casa pequeña pero nuestra, un lugar en que uno no tuviera que poner caras de aceptación o donde la vida no estuviese atada a tanto protocolo. Y entonces llegó el día y nos emancipamos, el banco nos otorgó el crédito y pudimos comprar la casa en la que vivimos juntos hasta ahora. Bueno en realidad ya pasaron casi dos meses. Dos meses, doscientas cajetillas de cigarrillos, quinientas latas de cervezas, algunas botellas de vino; algunas cervezas alemanas, otras cervezas holandesas; cervezas grandes, pequeñas, medianas, cervezas de todos los tamaños y de todos los colores.

Por momentos tengo la sensación de que la cabeza ya no me funciona. Digo dos meses cuando en realidad estoy casi convencido de que solo pasaron un par de días. Tal vez sea por las cervezas. No sé,  lo cierto es que nunca la vi tan feliz como aquel día que nos fuimos de la casa de sus padres. Y apenas teníamos una cocina, una mesa en el comedor y una cama vieja en la habitación. Un camastro antiguo que cada vez que lo usábamos despertábamos a todo el barrio. Esa noche lo recuerdo hacer más ruido que nunca.

Pero últimamente la cama apenas se movía, no solo no hacíamos el amor sino que casi no nos rozábamos. De ser dos conejos pasamos a ser como esos lagartos que pueden estar horas sin moverse. El lecho no solo no se meneaba sino que el colchón se había transformado en una barra de hielo. No, últimamente casi no teníamos contacto, y eran más los reproches que los temas que antes nos apasionaban.

Reconozco que parte de la culpa fue mía, cada vez tenía menos ganas de escucharla, y en ocasiones llegaba tarde de la facultad si el día anterior habíamos discutido. Tal vez si la hubiera abrazado en lugar de mirarla con cara de idiota, quizá si hubiese intentado entenderla en lugar de hacerme el filósofo. Esto último no paraba de repetírmelo.

Pero bueno, ¿qué parejas no pasan por una crisis? ¿Qué parejas no sienten alguna vez ganas de mandar todo al carajo? De hecho no conozco a nadie que no haya sentido deseos de encerrarse en su habitación o de salir a caminar hasta que las cosas se calmen. Incluso a nadie que alguna vez no se le haya ido la voz. Pero de ahí a renunciar, de ahí a tirar diez años de tu vida, diez años, era algo que no me cavia en la cabeza. Irte sin antes tener en una conversación con tu pareja me parecía un  golpe muy bajo.

Lo cierto es que no supe escucharla. Su reclamo era diario y no advertí que su rostro estaba perdiendo el brillo, que su enojo no era algo pasajero, sino que en él estaba la prueba de su desamor. Seguramente gran parte de la culpa fue mía, no lo niego; asumo la parte que me toca, asumo este castigo que se me impone, lo asumo todo; pero vaya a saber por qué, me había imaginado envejeciendo con ella. Tal vez sea por eso que llevo varios días soñando con el día que nos casamos.

Antes  de que las cosas comenzaran a torcerse, pensaba en el tiempo libre como en la posibilidad para escribir todos los pensamientos que me habían seducido desde que era un adolescente, o incluso desde mucho antes; porque si lo pienso bien, la influencia más profunda tal vez deba buscarla en la infancia y sobre todo en mi padre, quien desde que yo era un niño se dirigía hacia  mí no como un padre corriente sino más  bien como un pedagogo. Y si bien en alguna medida lo era (se dedicaba a la psicología), ejerció tal influencia en mí que antes de que yo cumpliera doce años sabía que quería ser profesor.

Y siguiendo con la infancia, tal vez haya que destacar que mi casa era un lugar en donde reinaba el silencio y la armonía;  o mencionar, que mis padres amaban la música clásica y que el ambiente siempre estaba dominado por un especie de hermetismo: frialdad que habitaba en cada uno de los rincones de la casa, pero que se hacía más intenso en el salón, donde las notas se alimentaban del olor a roble que se desprendía de los muebles. Sin dudas había algo  en esos músicos alemanes que hacía que sus gestos, y en especial sus sentimientos, estuvieran despojados de innecesarias demostraciones. Con esto no pretendo excusarme sino encontrar el germen de mi escasa capacidad para entender lo que me estaba pasando con Paula. Evidentemente en esos primeros años de vida estaba la respuesta: la psicología así lo determinaba.

Lo cierto es que a pesar de contar con todo el tiempo del mundo era incapaz de escribir una solo línea. No solo sentía que mi vida estaba completamente arruinada sino que pretendía que lo estuviera: me había convertido en un alcohólico  y lo único que deseaba era cerrar los ojos y no despertar en mucho tiempo.

Pero el destino a veces quiere darnos una nueva oportunidad. Y la mía tuvo lugar de la manera menos esperada. Quiero decir cuando dicen que los animales tienen un sexto sentido es verdad. Sócrates llevaba días observándome y yo apenas me daba cuenta. No lo hacía porque el alcohol no me lo permitía. La casa se venía abajo y el gato era el único que parecía advertirlo.

Recuerdo que aquella noche había acabado con todas las cervezas y me disponía a terminar con una botella de vino. El televisor estaba encendido y no se escuchaba más que el ruido del aparato. Unas hienas mataban a un pequeño ciervo y desde la distancia una pantera negra las observaba como terminaban con la cacería. Entonces noté como el gato saltó sobre la cama y se colocó a la altura de mis pies. Reconozco que a partir de ahí todo se me hace algo impreciso. El vino acababa de hacer su trabajo y no sé bien lo que pasó.

Recuerdo que el gato comenzó a maullar y al mismo tiempo el televisor mostró a la pantera que rugía intentando alejar a las hienas del ciervo que yacía sin vida sobre la hierba. Luego Sócrates continuó con sus maullidos pero esta vez me dio la impresión de que ya no era el mismo. No solo maulló con más persistencia sino que sus ojos amarillos se clavaron en los míos. Y si bien había oído de que los gatos eran inestables y caprichosos, o incluso propensos a los cambios de humor, Sócrates no respondía a ningún patrón semejante. Era independiente como los demás felinos pero jamás había mostrado signos de agresividad. Lo cierto es que me  miraba de otra manera. Y yo como me sentía abatido y algo aturdido por los efectos del alcohol no le presté demasiada importancia, y en su lugar me quedé mirando como las hienas se apartaban del ciervo con un trozo de carne entre los dientes. Tampoco advertí que el gato, al igual que la pantera con el ciervo, avanzaba hacia mí como si yo fuera su presa. Y un instante antes de perder el conocimiento, Sócrates se abalanzó sobre mí clavando con fuerzas sus garras sobre mi cuerpo para luego hacerme caer de bruces contra el suelo.

A la mañana siguiente sonó el teléfono. Yo estaba tirado en el suelo y con la cabeza en un charco de vómito. Me dolía toda la cara y tenía el cuerpo lleno de rasguños. Luego me incorporé con cierta dificultad y descolgué el aparato.

-Hola –dije, con la voz resacosa.

-Hola Cariño –dijo ella.

Era mi mujer.

-¿Cómo estás? –insistió.

Inmediatamente y antes de que yo pudiera responder me dijo:

-Te extraño.

Estaba abatido y me dolía todo el cuerpo. Se me partía la cabeza y tenía la sensación de haber tenido una larga y horrible pesadilla. No sabía muy bien lo que había pasado pero tuve la certeza de que el gato me había salvado. De pronto recordé que la noche anterior Sócrates me hizo caer de la cama un instante antes de vomitar; un vomito que en la posición y en el estado que me encontraba tal vez hubiera acabado con mi vida. Inmediatamente después de cortar con mi mujer comencé a buscar al animal por toda la casa, pero el gato no respondió. Sócrates se marchó luego de convencerse de que lo había abandonado…

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