Misterio…

Desde hace unos años, el silencio y la observación son mis mejores pasatiempos. Las horas caminan a mi lado pero yo no les presto demasiada atención y, en su lugar, me entretengo observando el devenir que las condena a avanzar constantemente. De la ansiedad en cambio, llevo tiempo sin saber nada, y de los días en que se regodeaba inquieta y caprichosa como una adolescente, sólo conservo el recuerdo. Hoy la vida es un pulso blando que envuelve las cosas y las expone al pasado constantemente, una pregunta que da vueltas en mi cabeza sin encontrar una respuesta.

En ocasiones permanezco apartado, en otras mi memoria se convierte en un estruendo revelador; se abandona a la curiosidad y le da paso a los primeros recuerdos. Y entonces, entiendo que soy yo ese niño que mira el cielo con una pelota bajo el brazo. Descubro, un poco con alegría otro poco con tristeza, que la terraza de la vieja casona de San Fernando se había convertido en el mejor refugio; en una especie de observatorio en donde los misterios podían ser resueltos.

Pero a medida que los recuerdos avanzan, avanzan también los años y dejo de ser ese niño extraño que miraba al cielo para pasar a ser un pibe corriente. Me aparto de aquello que me hacía único y me entrego a la difícil tarea de conformar a los demás. Poco a poco y sin darme cuenta, voy despreciando el valor de lo auténtico y me transformo en un adolescente infectado por pensamientos ajenos. Luego el primer fracaso llama a mi puerta y pronto descubro que el mundo es un lugar frágil y sin respuestas. Respuestas que me llevan a tomar decisiones, ignorando que éstas pueden cambiarte la vida para siempre.

Así fue como azorado por la necesidad de encontrar nuevos horizontes, tomé un avión y me embarqué en el peligroso desafío de crecer. Y entonces me puse el primer disfraz que tuve a mano y una vez más volví a darme de lleno contra el suelo. Y estuve así, golpeándome por un buen tiempo, hasta que finalmente supe que era libre y que, en cada elección, no sólo reafirmaba mi libertad sino que además, me transformaba en un proyecto que tenía como aliado al tiempo y como destino final, la muerte.

La simplicidad del barrio había quedado a un lado y, sin pensarlo, rechacé cualquier tipo de convencionalismo; distintas teorías pasaron a formar parte de mi vida y, una noche, mientras observaba una constelación de estrellas, estuve a punto de llegar a la estúpida conclusión de creer que lo sabía todo. Aquel niño que miraba al cielo con los ojos llenos de asombro se habría partido de la risa si hubiese pensado que algún día llegaría una conclusión semejante.

Hoy la imagen que atraviesa mi mirada es muy distinta de aquella que hizo tambalear la noche, este cuadro en cambio es un fresco azul que se transforma con el lento peregrinar de unas nubes que se funden unas con otras y que obedecen a la caprichosa respiración del viento. Los años pasaron y los fracasos me llevaron a descubrir muchas cosas, cosas que tal vez nunca hubiese imaginado. Sin embargo, el misterio en el patio de la vieja casona de San Fernando, cuando tuvo lugar el relámpago que iluminó todo el cielo, jamás fui capaz de desvelarlo…

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