Me gusta…

Me gusta; me gusta la gente que lo entrega todo. Me gusta ver como sus rostros me hacen sentir que yo también existo. Tal vez no resulte fácil explicar lo que pasa en nuestro interior cuando se produce la conexión. Pero estoy absolutamente convencido de que algo pasa.

Hume decía que los hombres se conectaban por simpatía, y que ese rasgo viene impreso en cada uno de nosotros. No olvidemos que Hume era empirista, y una de las cualidades del empirismo pasa por la observación. No olvidemos también que Hume nació pocos años después de la muerte de Hobbes.

Y lo cierto es que no todos nos caen bien, o no todos nos resultan simpáticos. De hecho encontrarnos con ciertas personas nos produce una sensación bastante desagradable. Algo así como si de repente a nuestro hígado se le ocurriera darnos una patada.

No, no creo que todo el mundo tenga que caernos bien, o para decirlo con otras palabras, ¿qué culpa tengo yo si la otra persona no tiene intenciones de conocerme?

Pero bueno, y perdónenme que insista, el Cristianismo nos dice que el mérito no está en amar a la persona que quiero, sino a aquel que no me resulta del todo agradable. Yo si bien reconozco que no he llegado hasta ahí, mi excusa pasa por entender que estoy en una etapa de purificación.

Tal vez la respuesta a esta carencia o a esta suerte de minusvalía, haya que buscarla fuera, quiero decir en la calle, quiero decir en la estratificación, quiero decir en las instituciones, quiero decir en la terrible disyuntiva que se nos plantea a la hora de elegir algo que verdaderamente nos apasione. Porque, ¿no será que tengo que dejar de culparme a mí mismo y poner la exigencia en otro lado? ¿No será que el problema no lo tengo yo, sino que está en los retrasados que nos gobiernan?

Hoy el sistema se ha desligado por completo. No solo se ha desresponsabilizado sino que ha hecho de la libertad un elemento que funciona como parte de una maquinaria. Una maquinaría que no se ve pero que es cada vez más eficiente. Ya que su objetivo no solo pasa por hacernos creer que las decisiones que tomamos cada día son nuestras, sino por llevarnos hacia la más extrema incomunicación.

Me gusta; me gusta la gente que lo entrega todo. Me gusta pensar en mis viejos y en mis hermanos. Me gusta pensar en mis amigos y en los que no lo son. Los que no lo son pero sé, o estoy convencido de que algún día tendrán algo para darme. Me gusta. Me gusta la gente que se emociona, la que al verme me saluda con entusiasmo, o la que me abraza con la intensión de hacerme sentir un peluche. Me gusta. Me gusta la gente que entiende a la vida como un presente; un presente que nos obliga a poner lo mejor que tenemos. Ya que si no lo experimentáramos así, no estaríamos siendo nosotros, sino el reflejo de un dispositivo que ha logrado capturar nuestro tesoro más preciado…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *