Madre Teresa…

Antes que nada quiero decir que no creo. O decir que más que ateo soy agnóstico. Aunque tampoco estoy tan seguro de que las cosas deban ser probadas para comprobar que realmente son verdaderas. Ya que como bien dijo Pasteur, (luego de que varios especialistas le reprocharan su constante insistencia en el alma humana) “cuando muera vuestra madre pártanla en mil pedazos y traten de encontrar el amor que ella tuvo por ustedes”.

No, no creo que todo tenga que ser probado, y al igual que este respetado científico no tengo ninguna duda de que cada uno de nosotros poseemos alma. O, tal vez, como diría Hermann Hesse: “somos una conjunción de almas”. De personas que han pasado por nuestra vida y que por una extraña razón han decidido quedarse, quedarse en nuestro corazón  definitivamente. Personas que quizás ya no están pero que siguen tan vivas como el día en que se cruzaron en nuestro camino.

Sin embargo, también puede ocurrir que este reservorio de almas se transforme en un depósito de carencias que, en lugar de embellecernos, acabe por hacernos desistir. Porque si bien es cierto que puede instalarse un alma rica, también puede hacerlo un alma pobre. Y entonces sucede que nos convertimos en unos seres amargados.

Por ello, para evitar este error, tal vez debamos fijar la mirada no solo en esas personas que nos dieron la posibilidad de crecer, sino en aquellas que con su ejemplo han contribuido a crear un mundo mejor.

No, no creo que todo deba ser comprobado. No creo que para dar algo por cierto tengamos que esperar la aprobación de la ciencia. No sé, a mí me pasa que cuando quiero estar cerca de un alma buena, solo tengo que mirar el rostro de la Madre Teresa…

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