La melodía de la tierra…

Esta rara experiencia que nos atrapa desde el primer instante, no es más que una caja de sorpresas, una curiosa estancia que tiene por objetivo transformarnos en arqueólogos de nuestro propio destino; es también un camino, un sendero que afrontamos día a día, y en el que vamos descubriendo cosas que siempre acaban por sorprendernos. Y entonces uno aparta por un momento el pesimismo y entiende que el secreto está en el devenir, en ese impulso que nació con la necesidad y nos convierte en meros caminantes; en esa voluntad de descubrir y deslumbrarse con todo lo que nos rodea. La música fue para mí uno de esos grandes descubrimientos.

Cuando uno vive fuera de su país, inconscientemente, comienza a buscar cosas que lo identifiquen con su cultura, cosas que tengan relación con lo que conoce o vivió desde pequeño; y cuando te pasa como a mí que viví en un pueblo en el que era el único argentino -al menos que yo supiera- la identidad se crece y ya no solo sos el argentino sino que además sos el latinoamericano.

Y tal vez es ahí, en esta carencia a la que me enfrento, cuando comienzo a ser consciente de que el hombre es un animal social y a darme cuenta de la importancia de que las razas se fusionen; quizá sea en esta limitación cuando se dispara la necesidad de un idioma común o la idea de que los pueblos deben mezclarse y poco a poco ir perdiendo sus rasgos característicos; la urgencia de que de alguna manera todos nos parezcamos unos a otros, y  en esta suerte de parábola lograr entender que todos estamos hechos de lo mismo. “Hay que dejar de lado los chovinismos, los patrioterismos de frontera, que las razas se fusionen y  tengamos una América Latina unida”, -decía Cortázar. “El mundo es un crisol de razas afanosas a la espera de la gran orgía”, -decía yo.

 Y Retomando el camino de la exploración, a veces pasa que nos cruzamos con personas que sin pensarlo te aportan mucho más de lo que esperabas. Personas que ves con cierto desdén, no por ser inferiores a vos, sino más bien porque todavía estás en un proceso de aprendizaje, y arrastras con una cultura que insiste en diferenciarse, pero que en realidad no refleja lo que tienes dentro.

Fue así como conocí a Ricardo, o Ricardito como me gustaba llamarle, un muchacho de Paraguay que además de tomar tereré y mate, tocaba la guitarra como los dioses; un amigo que además de compartir las pizzas y las cervezas de los domingos, me enseñó los siete acordes de los cuales parten la mayoría de las melodías. Un pibe al que le había puesto Ricardito por un viejo suceso que a mi hermano y a mí nos había causado mucha gracia. Una anécdota sobre una carrera de barrio que no tenía nada de especial y que sin embargo nos pareció genial. Genial porque el que la contaba, Ricardo, un hombre entrañable y ya desaparecido, no paraba de hacer gestos llenos de ternura y de repetir: ¡Corré Ricardito, corré Ricardito…! Lo cierto es que a Ricardo le había encantado.

Y si bien es verdad que Alemania se presentaba como una posibilidad de quitarme a mi ex de la cabeza, los primeros meses transcurrieron con un estrés insoportable; y la idea de aprender un idioma nuevo me generó una ansiedad hasta entonces desconocida.  Ya que este objetivo de aprender una nueva lengua no tenía que ver tanto con la posibilidad del enriquecimiento personal o de encontrar un mejor trabajo, sino más bien con la necesidad de poder comunicarme.

¡Qué horror! Qué sensación de impotencia más grande, me sentía como si fuese una especie única, no ya el eslabón perdido, sino más bien un homínido inexistente: “Un argentino que no habla”

Pero los días pasaron y poco a poco fui sintiéndome mejor, la amistad con Ricardito se hizo más fuerte y el idioma dejó de preocuparme. La música fue el bálsamo que necesitaba y entendí que una lengua es una cultura y eso es algo que no se aprende en un par de meses. Seguí sin poder comunicarme, pero ese problema lo resolví con una chica italiana.

El hombre no es más que un caminante, un animal perdido en el medio de la naturaleza, su deber es estar atento; atento para oír esa melodía que se renueva constantemente, y que se desprende de las entrañas de la tierra…

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