La idea…

¿Por qué? ¿Qué me lleva a estar sentado frente al ordenador a esta hora de la madrugada? ¿Qué me impulsa a encender un cigarrillo y a perder las pocas horas que me quedan de sueño? ¿Será que solo es una de esas noches en las que no puedo dormir o es que hay algo que me preocupa?

 Pero… ¿cómo saberlo? Además,  es demasiado tarde y el cansancio no es un buen aliado cuando uno tiene la intención de esclarecer alguna cosa. Y lo cierto es que, lo único que puedo percibir es el movimiento de mis dedos acariciando el teclado que en un repiqueteo constante, transforman el aspecto de la hoja. Ésta deja de lado su pureza aterradora y me hace notar que aún sigo despierto.

Respiro y me detengo a pensar en eso que me detiene frente al papel, sin prestar demasiada atención a lo que estoy escribiendo. Pero un impulso que siento crecer desde el interior, me dice que debo apartarme de la cavilación y no quitar mis manos del ordenador. Me advierte que el tiempo es solo una dispersión, un hilo distópico que une a la masa y la hace parte del reino de lo igual. Una disincronía que me confunde y me aparta del objetivo.

Lo único que importa es que mantenga los ojos bien abiertos frente a la pantalla, paciente a esperar que esa voluntad decida si soy el elegido. Lo único que en verdad importa es que estoy ahí, y no soy más que un hombre desvelado, un nexo frente a una hoja que se manifiesta, una conexión hacia un camino que desconozco.

Y de pronto, esa fuerza eclosiona y entiendo por qué el sueño se ha quedado aparcado en alguna parte, por qué las imágenes te arrastran sin que puedas hacer nada por detenerlas. La idea explota y me introduce en un espacio que no se rige por las mismas reglas. Me hace dueño de un poder que en mis manos o en las manos de cualquiera que esté dispuesto a comprometerse, siempre tiene un efecto transformador.

La idea se visualiza y el mundo se transforma, ésta fuerza colorea el futuro y los limites desaparecen. Pero suena el despertador y todo vuelve a la normalidad, y a pesar de que la idea está grabada en la pantalla, la realidad hace su aparición y, una vez más, la mediocridad me envuelve, como esos perfumes pegajosos, que no puedes hacer nada por quitártelos de encima…  

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