Instinto…

Desde la calle llegó el ladrido de unos perros. La ducha había logrado apartarme del estrés y no tenía demasiadas intenciones de hablar con nadie. Sonó el teléfono.

-Hola –dije.

-Qué tal González, soy Rodríguez, disculpe que lo llame a estas horas.

De pronto ruido que provenía de la calle se hizo más fuerte.

-No señor no se preocupe –dije llevando la mirada hacia la puerta de entrada.

-No, nada, era simplemente para…

-Perdóneme señor, deme un segundo que no le oigo bien; los perros del vecino pretenden dejar sordo a todo el barrio.

-No se preocupe.

Dejé por un instante el auricular del teléfono y me dirigí a cerrar la ventana. Mientras lo hacía me pregunté quién sería mi nuevo amigo.

-Ahora sí.

-Le preguntaba por el artículo, era para saber si ya lo terminó.

-Debería dárselo en un par de días –respondí-. Y viendo que del otro lado se hizo un silencio –agregué-. Pero ya está listo.

-Bien perfecto, le pido por favor que me lo deje en mi escritorio a primera hora.

-Vale, allí lo tendrá pero, ¿a qué se debe tanta prisa? –pregunté.

-Bueno, se adelantó la fecha de entrega, usted sabe…

Yo no sabía nada. Era la primera vez que me llamaba por la noche para pedirme algo. Además su voz no era la misma. Sonaba incomoda, como si los dientes no la dejaran actuar con normalidad. Y antes de que pudiera decirle cualquier cosa, se despidió.

Luego de cortar con mi jefe tomé el periódico de la mesa del salón y me puse a ojearlo. Todo lo que leí no era más que la muestra de cómo las cosas se habían ido de las manos: el paro en España asciende a números insospechados; Estados Unidos insiste en acabar con el terrorismo; Grecia atraviesa la crisis más grande de su historia; en Japón unos políticos acaban a las trompadas; en Argentina la policía lanza balas de goma contra unos manifestantes, entre ellos, unos jubilados que reclaman por sus derechos.

Pero antes de dejarme atrapar por el desconcierto, me aparté del periódico y volví al artículo que debía entregar; un párrafo me hacía un poco de ruido y quería estar seguro antes de dárselo a Rodríguez: al sur del áfrica un grupo de hombres y mujeres se alimentan a la orilla del mar; en las paredes de una cueva una pareja sella su amor entrelazando sus manos; el intercambio prospera y en el acuerdo parece estar la clave; Grecia se erige como la cuna del pensamiento pero Roma se muestra como el imperio más ambicioso; Galileo se retracta frente a la Iglesia y la mentira se sostiene; Descartes le corta la cabeza a Luis XVI y unos pensadores encuentran en el “Discurso del método” el germen del Capitalismo; el siglo XX acaba con la razón y a ésta no le queda más remedio que mostrar su verdadera cara.

Al día siguiente pretendí volver con el artículo, pero en su lugar me entretuve con el viboreo del humo del café que se desprendía de la taza. La claridad de la mañana se unió a esa distracción y me aparté de la historia por completo. Luego saboreé el líquido negro y miré en dirección a la ventana. Y mientras mis ojos se perdían en los haces de luz que atravesaban el aire pensé en el Master que ya estaba a punto de acabar y en ese viaje que tanto estaba esperando. Pronto los perros del vecino comenzaron a ladrar y advertí que debía dejar los deseos para otro momento si no pretendía ser despedido.

De camino al periódico me distraje observando todo lo que me rodeaba. No entendía bien por qué el trayecto de todos los días me pareció otro. La atmosfera que me envolvía alteraba las cosas y las hacía más agradables. El viaje desde el autobús era como estar en la cabina de un dirigible que me transformaba en un espectador omnipresente y silencioso. Entonces el vehículo se detuvo y aproveché para mirar hacia la calle. La voz de la ciudad me atrapó con su color y desde el asiento trasero me dejé llevar por las personas que se dirigían a sus trabajos: caminaban de prisa, se tropezaban, se llevaban un susto; algunas hacían largas colas en las paradas, otras desaparecían en las bocas de los metros. Los taxistas se reunían  en círculo o se frotaban las manos, encendían un cigarrillo o arrastraban sus vehículos con el cuerpo para no gastar gasolina. Los cafés atraían a los transeúntes con su olor y éstos corrían como zombis en busca de esa dosis que garantizaba comenzar con buen pie la mañana. En las tiendas  abundaban los carteles de oferta y liquidación, y en algunos locales se podía leer  la palabra se alquila.

Pero de pronto el escenario se transformó y los personajes fueron otros. El autobús dejó de ser un punto hacia la distracción y le dio lugar a una playa que descansaba en una gran bahía. El murmullo del mar sustituyó al ruido de la calle y el vuelo displicente de las gaviotas remplazó el apresurado andar de los peatones. Sin embargo el frenazo del chofer me hizo cabecear y advertí que si no me incorporaba rápido me pasaría de parada.

Ya en la oficina el ruido de los teléfonos desplazó al silencio y encendió la mañana. El susurro le dio paso al dialogo y éste a las conversaciones subidas de tono. El día comenzó como siempre y esa normalidad era una prueba más para esa sensación que me acompañó desde que salí de casa. El trabajo me mantuvo pegado a la silla y continuó así durante un buen rato. Todo parecía normal pero desde la oficina contigua se oyeron unos gritos subidos de tono. Mi jefe llevaba largo rato discutiendo al teléfono y se había transformado en el centro de todas las miradas. Los ánimos se alteraron y se generó un clima de fastidio.

A mí nada parecía afectarme. El trabajo era como una terapia. Escribía sobre los últimos días de Napoleón en Santa Elena y nada podía resultar más interesante. Pero el estómago comenzó a fastidiarme y advertí que la mañana se me había pasado volando. Entonces no tardé en apartarme del malogrado estratega y apagué la computadora. Al incorporarme de la silla noté que el escritorio de Jorge estaba vacío. Detuve la vista en su mesa y me pregunté que le habría pasado.

En el comedor el tema del día fue Jorge. Su ausencia a la hora de comer no era un hecho menor. No solo porque no faltara nunca sino porque siempre tenía alguna ocurrencia que nos hacia descostillar de la risa.

-¿Qué le habrá pasado?- dije.

-Ayer lo vi un poco constipado, como si estuviera a punto de enfermarse -dijo María, sin ocultar su preocupación.

-El gato –pronunció Juan entre dientes, mientras tragaba un trozo de carne-. Desapareció hace un par de días; desde que se separó Beppo ya no era el mismo.

-Yo lo vi discutir con Rodríguez a última hora –sentenció Manuel, que buscó la mirada de todos.

Al volver del almuerzo, me encontré con un sobre al pie del teclado del ordenador. Decía mi nombre: Julián González y las palabras Recursos Humanos. Entonces llevé la mirada en dirección a la oficina de mi  jefe y observé que no estaba y, en lugar de impacientarme, dejé la carta sobre el escritorio. Pero luego de estar un rato trabajando volví a mirar el sobre. El cuño brilló con el rojo intenso de un matasello de cera. Y antes de dejarme llevar por la curiosidad, la luz de la oficina de Rodríguez se encendió y me dirigí hacia allí con la carta en la mano.

Golpeé la puerta y entré directamente, el director que aún no se acababa de acomodar me miró descolocado. Elevé la carta a la altura del pecho y le pregunté si sabía algo. Él que seguía sorprendido, en lugar de responder, comenzó a hablarme de la crisis española.  

-El mundo está al borde del colapso –contestó sin mirarme, algo nervioso y acomodando unos papeles-. Los grandes bancos han desestabilizado todas las economías, y cuando pasan estas cosas los que más sufren son los trabajadores; comienzan los recortes, a esto le siguen los despidos, cambian las condiciones de trabajo, los sueldos se ven afectados… 

-Muy interesante pero no responde – contesté arrojando el sobre en su mesa.

Ya no hacía falta preguntarse por Jorge. La pregunta era más bien quien seguiría después. Luego el director golpeteó los papeles que tenía en las manos sobre su escritorio y me miró con resignación.

-Lo siento González, hice todo lo que pude, me peleé, les grité, les dije que usted era uno de mis mejores empleados, pero ellos insistieron…

Ya en casa, pasada la cena, me senté en el sillón del salón y me dispuse a leer el periódico; pero antes de que pudiera comenzar con el primer artículo, las palabras del director insistieron en hacerme saber que pronto sería un parado. <Maldita crisis> -pensé-. <Todos mis planes frustrados por cuatro fantasmas y un par de banqueros>.

De repente los perros del vecino comenzaron a ladrar, y en lugar de encontrar la manera de tranquilizarme, siento como todo mi cuerpo se altera: la tensión se dispara, las pulsaciones aumentan, y el corazón pretende acabar conmigo; los músculos del torso se contraen y la digestión se hace amarga y espesa; el cuerpo se pone rígido y la cabeza parece que se me va a explotar. Entonces me levanté como un resorte y tiré el periódico sobre el sillón. Dudé un instante y encendí un cigarrillo. Al final me decidí y salí con bronca hacia la casa del vecino y le toqué el timbre insistentemente. Instantes después salió un hombre con el rostro desencajado y con algo negro en la mano. A partir de ese momento ya no recuerdo más nada.

Al abrir los ojos todo me da vueltas. Estoy recostado en una cama que no es la mía. Tengo tubos en todo el cuerpo. Por el sol que entra desde la ventana entiendo que es un nuevo día que nace. Por la claridad que llega hacia mi cama algo me dice que yo también volví a nacer de nuevo. De pronto se abre la puerta y escucho una voz que me dice: “Tranquilo, no se mueva, soy el doctor Pérez, sólo quiero decirle que está fuera de peligro, y si me permite un consejo: la próxima vez que escuche el ladrido de un perro, déjelo que ladre…”

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