Holgazán…

Hoy no pienso hacer nada. Me quedaré tirado en la cama hasta que el estómago me advierta que tengo que desayunar y luego, una vez acabado el desayuno, dejaré los cacharros sin lavar y volveré a recostarme. Además esta nublado.

La mañana se presta para llevar a cabo este acto de rebeldía y por primera vez siento que tengo el valor de hacerlo. Y no es que ahora mismo esté pasando por un periodo de gran estrés pero tengo la absoluta convicción de que es el momento. Siempre me digo que trabajo demasiado pero me entra por un oído y me sale por el otro.

Si, definitivamente hoy es el día. No pienso continuar con lo que estoy escribiendo, no pienso coger un libro, ni pienso hacer nada que esté más allá de un auténtico holgazán. Porque, aunque resulte difícil de creer, la autenticidad también se ve cuando te propones no hacer nada.

Pero bueno, tampoco es que tenga en mis planes dejarme crecer la barba o convertirme en un barbone. Ni hacer de este ocio repentino una nueva terapia. Simplemente, quiero saber si puedo, al menos por un día, salirme de la rutina. De ese sacerdocio en el cual me encuentro atrapado.

Sin embargo, antes de continuar, creo que no está de más preguntarme, ¿qué estoy diciendo cuando digo que no pienso hacer nada? Porque lo que para mí puede significar una cosa para otro puede resultar todo lo contrario. No hacer nada para mi es literalmente eso. No hacer nada. No es meneársela, ni es buscar en el teléfono a alguien que te la menee. No es tirarse en el sillón a ver la televisión, o navegar en la computadora por esas páginas que te llaman la atención pero que siempre dejas de lado por falta de tiempo. Tampoco es ponerse a cocinar, ni hacer nada que no puedas hacer cuando estás trabajando. No, este no hacer nada del que hablo no alberga ningún interés, ni siquiera está motivado por la utilidad, mucho menos por un deseo; o al menos no por un deseo externo.

Por ello, como primera medida intentaré acomodarme bien en la cama. El paso siguiente consistirá en fijar la mirada en el techo. Luego el color blanco del cielo raso colaborará y me ayudará a poner mi mente en blanco. Ya que de no hacerlo, los primeros pensamientos pueden echar todo a perder; quiero decir, hacer que me arrepienta y salte como un resorte de la cama.

Es evidente que al comienzo habrá que resistir un poco. Somos esclavos de la rutina y eso hace que nos veamos en la obligación de estar haciendo cosas todo el tiempo. Esto no lo notamos pero una vez que el cuerpo se hecha a rodar no es capaz de parar hasta que llega la noche. Por eso lo mejor será serenarme y respirar profundamente y, a continuación, desviar los primeros pensamientos; esos que intentan hacerme culpable. Porque si todavía no se han dado cuenta, el neoliberalismo acabó con la religión pero no con la culpa.

Luego el siguiente paso será no pensar o dejarme llevar solo por esos pensamientos que no tienen que ver con las cosas que hago. Y no es que no me guste lo que hago, pero esta idea me parece valida porque se traduce en la posibilidad de tomar un rumbo distinto, o encontrarme con algo que no contaba para nada. Y si bien tal vez ese no sea el fin, siempre es mejor dejarse llevar por algo nuevo que batallar con la culpa.

A los recuerdos también deberé descartarlos lo antes posible, ya que la mente siempre suele albergar fines que desconozco; de hecho un buen recuerdo, no un mal recuerdo, puede ocasionar un dolor con el que no contaba para nada. Por eso, será mejor desviarlo antes de que se quede empantanado en la cabeza exigiendo una respuesta. Demás está decir que a los malos recuerdos no hay que darles ninguna posibilidad.

Quizá el fin sea hacerme consciente de que mi mente debe imitar el color del techo. Y así, a través de este ejercicio, llegar a la absoluta convicción de que no debo pensar en nada. Porque como bien diría un maestro indio: nuestros pensamientos no son más que ilusiones generadas por este mundo irreal.

Definitivamente hoy no pienso hacer nada. Nada de lo que suelo hacer cuando hago algo. Tampoco es que me proponga estar todo el tiempo acostado; de hecho salir a dar una vuelta también puede ser una buena opción: siempre que esta salida no tenga ningún destino más que el de perderse; o siempre que, la ciudad, se comporte como una mujer desconocida que tenga como única ilusión llevarme de la mano hacia sus rincones más íntimos…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *