Esperanza…

Llevo años escuchando una música panfletaria y pegadiza, un canturreo precoz, obsceno, machista e infantil, que apunta directamente sobre la conciencia de la gente; llevo años oyendo una cantinela que en lugar de unir, no hizo otra cosa más que dividir y alimentar a sus ciudadanos con palabras. Palabras que parten de un sistema de poder que lejos de sembrar ilusiones, trajo peleas, confusión, y alineaciones de cualquier tipo.

Pero lo cierto es que existe una energía incapaz de conquistar; una fuerza que no entiende de promesas incumplidas, de desengaños o de ideas políticas; de líderes megalómanos, ególatras, y enamorados del poder. Una voluntad poderosa que se extiende por toda la tierra, y que alguien llamó con el nombre de esperanza. La misma que un día nos llevó a convertirnos en una nación del Primer Mundo, la misma que nos hizo enorgullecer de nuestro sistema educativo, la misma que nos transformó en el primer país en acabar con el analfabetismo.

Es esa misma esperanza la que nos impulsa a dejar el miedo y a entender que el futuro no es responsabilidad de un pseudosalvador iluminado, sino que por el contrario, el futuro es una responsabilidad que me afecta de manera directa. Es esa misma esperanza la que nos lleva a entender que el mañana no tiene impreso el nombre de ningún viejo prócer, sino que es cosa de personas comprometidas e ilusionadas, capaces de trabajar por uno objetivo común. Personas, capaces, de entender que el pasado es solo un conjunto de textos y no una idea que deba transformarse en religión; menos en una organización fundamentalista.

Porque la realidad es una figura impasible y multiforme, un aliento que avanza sin detenerse; y en ese proceso natural y a veces violento, va experimentando distintas transformaciones, sufriendo distintos cambios que ponen a sus líderes al descubierto; una semilla que tiene la capacidad de crecer y reflejar un horizonte de expectación, o una película grotesca y repetitiva capaz de obedecer solo a los intereses de sus gobernantes. Y cuando esto último sucede, son los hombres los que pagan los platos rotos, son ellos los que tienen que soportar esa suerte de destino trágico, impuesto por estos gobiernos mediocres y corruptos; es el pueblo el que ve como el tren se aleja llevándose con él todas sus ilusiones.

Y lo cierto es que en una sociedad bien llamada democrática, siempre existe la posibilidad de detenerse y mirar hacia el horizonte; de elegir si quiero seguir escuchando una música panfletaria, o si en cambio, quiero ser parte de un proceso histórico que verdaderamente me incluya y que además me dé la posibilidad de expresarme; de elegir un gobierno que acabe con la corrupción, o de elegir un gobierno que continúe hundiéndome en la pobreza.

Lo cierto es que en una sociedad bien llamada democrática, siempre existe la posibilidad de retomar el camino, porque hay algo grande que nadie nos puede robar; algo grande, muy grande, llamado esperanza…

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