El primer hombre…

Salgo de casa y un aire caliente me recibe. Miro hacia a ambos lados y tomo el camino de siempre: un sendero de luces que se enfrenta a la oscuridad y que me acompaña desde niño. Llego a la esquina y antes de cruzar la calle me detengo un instante para mirar el cielo. Éste responde con una débil llovizna y los primeros instantes del sábado me atrapan. La humedad se cierne sobre mi rostro y pienso en el misterio que se esconde detrás de ese cielo encapotado por las nubes. Nada puede ser más refrescante. Las gotas golpean suavemente sobre mi cara y por un momento la lluvia me hace perder la cabeza. No sé bien dónde estoy y la noche aprovecha ese despiste para seducirme. Pero unas luces cegadoras acompañadas por unos bocinazos me despiertan y de pronto el encanto se rompe y le da paso un sobresalto. Estoy en el medio de la calle,  los coches me rozan y  solo se oyen insultos.

Superado el susto, hago un tímido gesto con el brazo para disculparme y me pongo en marcha. Continúo detrás de las luces y una vez más medito en la primera parada: Es un bar; las copas están baratas y el ambiente es acogedor. Paco es un anfitrión generoso y las niñas se lo agradecen con su mejor sonrisa. <<La buena energía está garantizada y es la mejor opción para comenzar la noche>> –pienso. Avanzo dejando atrás la ira de los conductores y me centro en la lluvia que moja las calles con indiferencia. Desde el suelo se desprende un perfume y yo soy como un lobo hambriento. El aire lo hace aún más persistente y cada partícula de mi cuerpo se altera. Mis deseos de amar me hacen sentir más vivo que nunca y Las Palmas se transforma en el escenario ideal. Y entonces entiendo que mi papel es el de un hombre de 30 años que solo debe dejarse llevar; advierto que pensar demasiado no solo complicaría las cosas sino que acabaría por romper con ese lazo que une al hombre a su animalidad y que lo hace completamente libre.

El aire es cautivador, movedizo, sensual, enigmático. La noche me propone un juego peligroso y yo me dejo atrapar por ese olor que se desprende de cada uno de los rincones.  Llego hasta el bar y, sin perder tiempo, me dirijo a  la barra. El local está lleno. Distintas  fragancias flotan a mi alrededor y cada una de ellas hace de ese lugar un universo cargado de sensualidad y magnetismo. En la barra Paco me saluda desde un rincón y le respondo con un gesto. Segundos después se acerca una camarera y  le pido un cubata, y, mientras me lo sirve, observo como toma un vaso y con unas pinzas va introduciendo los cubos de hielo; como coge la botella y la suspende a la altura de su pecho. Todo pasa demasiado rápido pero el movimiento es sensual, delicado, hipnótico: la muñeca gira y el líquido marrón viborea y se introduce por el interior del vaso; ella no me mira ni un solo instante y sin embargo, siento que la deseo. Entonces apoya el vaso delante de mis ojos  y una vez más nuestras miradas se cruzan. Le pago pero antes le hago saber que yo también estoy dispuesto a dar mi vida por ella.

Con la copa en la mano me giro para mirar en dirección a la sala: unas chicas se divierten haciendo un paso de baile: primero llevan el tronco hacia adelante, luego lo balancean con gracia hacia atrás, dejando la cabeza en dirección al cielo; después vuelven a la posición inicial y continúan con un vaivén hacia la derecha encadenado por otro en dirección contraria; y así hasta finalizar con un giro de cuerpo. Es muy curioso. Desde la posición en la que estoy no alcanzo a ver sus pies pero si el sutil juego de las luces que pretenden desvelar el abismo que se esconde detrás de sus escotes. La coreografía no es nada fácil pero a mí solo me interesa un movimiento: la parte que van hacia adelante. La música acaba y las tres vuelven a la mesa con una sonrisa en los labios.

A continuación yo también sonrío; descubro que la sonrisa puede ser contagiosa y, sin dejar de prestar atención a todo lo que tiene lugar en la sala, llevo el vaso en dirección a mi boca y bebo: es refrescante; el líquido se desliza por el paladar dejando una estela dulce y duradera. La garganta responde con gratitud y siento como el alcohol hace su trabajo; éste se sube rápidamente a mi cabeza y me digo: <<Hoy es el día>>. Luego la música es atrapada por un zumbido que le da paso a un silencio, y la sala se transforma en un gran bosque por el que se filtran destellos de luces que me ciegan. El sosiego parece ocultar algún peligro y sin embargo jamás sentí una sensación parecida. Un olor familiar se desprende de la humedad de la tierra y me veo desnudo. Pero pestañeo y otra vez estoy en la barra con el cubata en la mano.

Desde un rincón un grupo de amigos se ríen sin perder de vista a cada una de las mujeres que desfilan por el interior del bar. <<Nada es más fuerte ni más cautivador que el olor que se desprende de lo prohibido >> –pienso.  A continuación ratifico una vieja sentencia aristotélica: << El hombre es por naturaleza un animal político>> Me río y, mientras bebo otro trago de ron, la palabra “animal” se queda suspendida en mi cabeza por varios instantes. Una vez más el bosque se hace presente, pero esta vez una sensación de poder me invade y, consciente del peligro al que me enfrento, vuelvo a la barra en busca de mi destino. Luego la música le da paso a la sensualidad y unas chicas se muestran más decididas. Sus cuerpos se balancean en la pista y las luces amenazan con desvelar cada movimiento. Poco a poco el alcohol deja atrás los temores de la carne y, como siempre, la libertad llega puntual y decidida.

Misteriosamente, ese ser que toma el control no responde a mis órdenes, sino que éstas parecieran estar enraizadas en muchas otras almas; en hombres que vivieron antes que yo, hace miles y miles de años. El alcohol no es más que la vía de escape, la puerta de salida, y yo, simplemente, soy el cuerpo en el cual se encuentra retenido. Cuando esto sucede, sé que nada será igual; el instinto luchará con la razón y, en ese terreno, cada uno intentará imponer sus reglas. Todo lo que pase a partir de entonces quedará en manos de esos dos poderes retenidos en mi cuerpo.

Sin moverme de la barra preparo el terreno. Soy como un cazador impasible esperando a que caiga la presa. Mi técnica es muy simple, consta de dos fases: la primera es llamar la atención y la segunda es buscar la mirada de la otra persona. Y entonces, si miro a una chica y noto que ella me observa, entiendo que hay cierta receptividad; pero si veo que detiene su mirada frente a la mía por unos instantes, comprendo que ese es el momento justo para jugar todas mis cartas. Sin embargo, cuando llevo bebidos varios vasos de ron, no sé si soy yo, o si es la bestia la que domina el juego: la pasión parece habitar en cada centímetro de mi cuerpo y debo luchar por mantener la calma. Pero de pronto, me sumerjo en un extenso laberinto, pierdo el control y mis movimientos son alcanzados por un cálido sopor. La música le da paso al silencio y llego a un lugar en el que creo haber estado alguna vez.

Es como un fuego, una gigantesca antorcha de color purpura  baña de luces la tierra. La sabana se ilumina ante mis ojos y arropado por la cercanía de una acacia permanezco inmóvil: es desolador, solitario; metros y más metros de hierba se extienden por kilómetros. Kilómetros de naturaleza que respiro con gusto porque es un olor fresco y vivo; porque es también una fragancia que me habla de un pasado y de un presente; de algo que está por suceder y en el que yo pareciera estar implicado. Tengo el cuerpo lleno de sudor, y ese horizonte que reposa delante de mí me llena de inquietud. <<Estoy solo. No hay duda de que soy el único habitante de esta zona y que por algún misterioso propósito mi camino debe comenzar por este lugar tibio y solitario>> –pienso. Como he llegado hasta allí, es también parte de ese misterio; sin embargo, dentro de mí se arremolina un deseo de seguir adelante. Y a pesar del miedo, y a pesar de no saber a lo que me enfrento, continúo a través de esa extensa llanura; acelero el paso y el corazón se transforma, no responde a mi voluntad sino que es como un animal furioso que pretende ser libre. Pestañeo. Luego intento detener la carrera, pero advierto que ya no hay marcha atrás; alguien me arrastra con fuerza hacia un destino que pareciera ser inevitable. Y sin parar de correr, trato de entender, de comprender a donde voy y que es lo que busco. Y al tiempo que esa energía actúa dentro de mí sin piedad y me hace avanzar y avanzar, mientras los matorrales no hacen otra cosa que provocar marcas en mi cuerpo, llego a la conclusión de que apenas soy el móvil, de que algo grande está por pasar y que yo, solo soy el engranaje de una obra que acaba de tener comienzo. De repente, un olor fresco se desprende del aire y me hace girar la cabeza repetidas veces hacia el interior de la sabana. No se ve más que oscuridad y, sin embargo, en mi cabeza se dibujan distintas imágenes, formas curvas y redondeadas, figuras desconocidas que provocan que  mis piernas se aceleren más todavía. “Estoy perdido. No sé cuánto tiempo más tendré que soportar esta tortura” –exclamo con furia y algo de resignación. Y ya cuando no soy más que un monigote llevado en volandas por un destino cruel y caprichoso, algo se asoma detrás de un arbusto: es un cuerpo completamente desnudo. La carrera llega a su fin y me quedo a solas frente a una imagen que parece haber hecho un pacto con la luna. De pronto, un estrépito rompe en la oscuridad y el cielo resplandece. La lluvia riega la hierba y desde el interior de la sabana se oye un suspiro. Ella me observa con temor y yo avanzo, lentamente, evitando no avivar su desconfianza. Las gotas acarician su pelo y me convenzo de que es real; no es una alucinación, ni nada provocado por el cansancio o el agotamiento. <<Es alguien como yo, solo que mejor>> –me digo. Hasta que al final acabo por llegar a la conclusión de que existe un creador y que, ese creador, es sin dudas alguien muy poderoso. Entonces observo como una lágrima recorre su rostro, y en ese recorrido lento y vertiginoso, sus pupilas se dilatan y su mirada se ilumina; su reclamo se hace aún más persistente, y ya cuando apenas nos separa el aliento, la rodeo con mis brazos, y accedo a su pedido de auxilio.

Al volver del trance, regreso a la búsqueda y mis ojos se detienen en un rincón del bar. A unos pocos pasos de donde estoy parado una muchacha de cabello oscuro y de rasgos finos se roba todas las miradas: baila, sonríe, canta, levanta los brazos; mueve el cuerpo sin reparar en nadie como si toda su vida estuviera contenida en ese baile. Yo intento llamar su atención con la copa pero apenas me mira: no solo pasa de mi invitación, sino que su cuerpo parece estar poseído por una súbita felicidad. Y a pesar de dejarme atrapar por su espíritu, no me decido a dejar la barra. Estoy demasiado atado al método y su mirada no ha respondido conforme a lo esperado. Además continúo sin saber quién domina el juego. Pero de pronto comienza a sonar un tema de Camilo Sesto y un júbilo vehemente y contagioso se apodera de la pista. Me armo de valor y me dirijo hacia ella sin pensar en nada.

Solo nos separan unos metros (un tramo corto que apenas me tomaría unos segundos si no tuviera que sortear a algunas personas, en su mayoría chicas que mueven sus  cuerpos con vivacidad y rebeldía). Su luz es inconfundible y, sin embargo, camino sin estar convencido. Pero alguien hace un movimiento raro con el cuerpo y me lanza hacia atrás. Y cuando al fin logro hacer un par de pasos recibo un pisotón de una chica que no se da por enterada. Luego hago otro paso y una mujer que no es ella me toma por el brazo y bailamos por un momento hasta que consigo desprenderme con una sonrisa. A esa altura ya no hace falta que me pregunte quien domina el juego: sé exactamente que no soy yo el que insiste una y otra vez. Comienza otro tema y la veo que permanece inmóvil y de pie con su mirada fija en la mía: como me lo temía, era más hermosa de lo que pensaba.

Y entonces la luna se instaló en su rostro y la tomé de la mano; y respiré cerca de ella –mientras bailamos– sin poder dejar de mirarla. Luego supe que se llamaba Isabel y por un instante sentí estar en la piel de un ambicioso marino italiano. Hasta que, sin pensarlo, la miré a los ojos y la besé; y estuvimos así toda la noche: riéndonos como tontos y abrazándonos sin pensar en otra cosa. Fue así como descubrí que yo también había caído en la trampa. Al final la razón y el instinto hicieron un pacto de amor, pero en el último instante, una vez más, se oyó el grito del primer hombre…

Un pensamiento en “El primer hombre…

  1. Gracias , por haberme transportado en el tiempo a aquellos locales de copas en los que hallá por los primeros años de la decada de los noventa éramos protagonista de “El primer hombre…”

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