El error…

Agobiado por pelear con la realidad, me empeciné en buscar la manera de hacerla reaccionar y fracasé. Cansado de intentar, una y otra vez con las palabras, dejé todo en manos del destino y las cosas en lugar de mejorar empeoraron.

Seguramente el error fue pensar que la  psicología podía curar los problemas del alma en una charla fría y limitada por el tiempo. O tal vez la falla fue imaginar que las soluciones podían encontrarse en esos libros que pretendían hacerme creer que las dificultades de las personas pueden resolverse en unas pocas líneas.

Y entonces la relación tomó un rumbo peligroso, el dialogo comenzó por desaparecer y el escenario se transformó por completo. Cada vez se hizo más difícil mirarse a la cara y por momentos me pregunté si esa casa en la que me encontraba era  la mía o la del vecino: la indiferencia pareció haberse apoderado de cada rincón y fue congelando todo a su paso; los sentidos acabaron paralizándose y terminamos siendo sombras imposibles de reconocerse.

Lo cierto es que al apoyarme en palabras provenientes de afuera (que para lo único que servían era para confundir), no solo me apartaba cada vez más de ella sino que además me alejaba de mí, y entonces perdía esa capacidad natural que tienen las personas de ver las cosas de manera sencilla.

< ¿Cómo puedo reaccionar de manera sencilla cuando todo lo que me rodea no es más que un entramado complejo de símbolos?> –me decía-. < ¿Quién es capaz de actuar con serenidad cuando ve que el tiempo no hace otra cosa sino acelerarse?>

Para el lado que sea que miraba me estresaba. Si tomaba una decisión siempre iba acompañada por un titubeo. No solo tenía la sensación de caminar sobre un terreno pantanoso sino que rara vez estuve convencido de lo que hacía. Y cuando creía estar seguro, o haber acertado en algo, una vez más ella me respondía con esa cara que me aplastaba.

Así estuve durante un tiempo hasta que llegué a la conclusión de que estábamos condenados, no solo como pareja, sino como personas dentro de la sociedad. Entendí que yo, al igual que el resto de los hombres, había sido programado para fracasar. O dicho de otra forma, era imposible sobrevivir cuando habíamos llegado al punto más alto de la orgía.

Y que es esto de la orgía sino ese lugar en el que todo está liberado; que es esto de la orgía sino ese espacio en el que la realidad no es más que un simulacro del que todos formamos parte; nada de lo que hacemos es auténtico porque la explosión ha estallado en todos los campos: lo político, lo sexual, lo productivo; en el campo de la mujer, del arte, del inconsciente, y en el de las fuerzas más destructivas.

El simulacro había convencido a la libertad para que se dejara de insistir con la realidad, y a ésta no le quedó más remedio que mirar hacia el pasado y aceptar la derrota. Pero no convencida del todo decidió mentirse para justificar su existencia. Desde entonces todo lo que hacemos no es más que una absurda parodia. La orgía de realidad nos ha desbordado por completo y con ella la libertad pasó a ser como esa droga risueña que libera, pero que no es más que un narcótico utilizado para negar la apatía.

Las cartas estaban echadas y la orgía de realidad nos arrastraba. Nos mentíamos para dar sentido a nuestras vidas pero en lugar de avanzar pensando en la utopía, lo hacíamos hacia el vacío, hacia ese simulacro del que ya nadie podía escaparse.

¿Cómo podía pensar en solucionar algo cuando yo no era más que un monigote expuesto a los humores de un mundo delirante? ¿Cómo pretendía recuperar su amor si éste también era parte de ese destino irreversible?

Y lo cierto es que fracasé. Fracasamos. Lo dejamos, y en lugar de intentar replantearnos otros caminos, o apartarnos de toda esa porquería; en lugar de intentar una caricia, o buscar fuera de esa realidad, cada uno tomó por su lado…

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