Dicha…

Cada mañana es un desafío; cada despertar la posibilidad de elegir la ropa que voy a ponerme. Muy pronto el día nos atrapa con sus misterios y esto tan banal, que en principio podría considerarse un ejercicio mecánico es, en verdad, la prueba de que en cada elección siempre tengo la fortuna de ser otro.

Pero la mañana se nos pasa por alto y automáticamente comenzamos a funcionar en el modo silencioso. Quiero decir sin escuchar o advertir que el cuerpo está suspirando por los rayos de sol que entran tímidamente por la ventana. Y entonces un día nuevo comienza y con él, la mediocridad vuelve a desechar la posibilidad de cambiar aquello que nos hace sentir agobiados. Muy pronto el trabajo pasa a ocupar todos nuestros pensamientos y así, casi sin darnos cuenta, el cuerpo carga con otra frustración o con la impotencia de poder alcanzarnos.

Sin embargo el cuerpo nunca descansa, y, en su lugar, se deja llevar por las vibraciones que emanan desde su centro más profundo. El cuerpo es insaciable por naturaleza y nada, absolutamente nada, lo convence más que esperar pacientemente a que la conciencia se ponga de su lado.

Aun así el trabajo insiste; éste se empeña en absorber todos nuestros pensamientos y rápidamente la aceleración nos iguala. Nos iguala y esta carrera nos lleva a activar muchos niveles de percepción que nos impiden advertir las señales que emanan de nuestro cuerpo provocando que éstas se mueran antes de llegar a su destino. Y entonces, se nos pasa el primer orgasmo: ese que tiene lugar cuando llevamos la mirada hacia los rayos de sol que entran por la ventana.

Pero el cuerpo es en verdad un esclavo; un súbdito de la mente que al estar apegada a este mundo fenoménico actúa en función de los deseos, de los sentidos y del ego, provocando una continua e inacabada transmigración; transmigración que encuentra su descanso definitivo cuando el intelecto logra apartase de todo lo que no es, para entregarse a un ente superior que, algunos hombres notables, dieron en llamar con el nombre de alma. Alma que se hace infinitamente comprensible cuando descubrimos que en nuestro interior se encuentra la verdadera dicha y la única posibilidad de estar en contacto con todo el universo…

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