Argentina, un país allá donde se acaba el mundo…

Todo lo infeccioso encuentra su lugar en el polvo. Todo lo podrido, lo sucio, lo pestilente, encuentra su lugar en la tierra cuando ésta no es regada adecuadamente. Las enfermedades comienzan por manifestarse en el cuerpo hasta que un día se apoderan de nuestras ideas. Ideas que no son más que las respuestas a un mundo que nos ha dado la espalda, un mundo que pareciera que se ha olvidado de nosotros. La cólera encuentra su espacio y esta indignación es aprovechada por el pseudo mecenas que nos promete el oro y el moro, esta rabia es visualizada por el político que no ha podido completar su educación o, aquel que no reparó demasiado en la ética aristotélica.

Porque a diferencia del político entendido por los griegos de ayer, este filántropo y dadivoso argentino de hoy, se ha formado a partir de ideas rancias, en un país cada vez más ajado, postergado y decadente. ¿Y que es la decadencia sino una arena movediza que nos mantiene atrapados, que es este malestar sino un peregrinar que nos instala en una suerte de limbo que nos estanca y nos paraliza, que es esta enfermedad sino un batiburrillo que hace frontera con el infierno y en el que cada uno intenta sobrevivir como puede y a cualquier precio?

Alguien dijo alguna vez que el hombre no es más que el resultado del entorno que lo rodea, aquel espacio sagrado en el que en primer lugar participa la familia, ese universo sin límites que continua con la escuela o, aquel escenario dinámico y transformador en el que encuentran su rol el resto de las instituciones. De toda esta amalgama aflora el estereotipo, de todo este fresco surgen nuestros rasgos, nuestras maneras, nuestros anhelos, nuestras ideas, nuestro pensamiento crítico. Y tal vez sea en este último donde deberíamos detenernos, quizá la pregunta que tengamos que hacernos es: ¿qué tan maduros estamos para elegir al gobernante que el país necesita?

Y si bien la respuesta para algunos puede resultar obvia o no demasiado difícil de responder, sólo hace falta pensar en quienes gobernaron los últimos setenta años y rápidamente obtendremos una respuesta, sólo hace falta salir de casa y  mirar el estado de las calles o, las necesidades de los barrios y enseguida descubriremos que tan buenos somos a la hora de elegir un candidato.

Definitivamente nos falta pensamiento crítico. Nos falta aprender a desarrollar el amor por las ideas y aparcar el fervor por las ideologías. Nos falta aprender a soñar con el corazón y dejar de lado el interés o el clientelismo. Nos falta despertar nuestro espíritu paterno y entender que nuestros hijos necesitan un lugar mejor para vivir, crecer y desarrollase. Nos falta aprender a regar la tierra y hacer de ésta un inmenso y maravilloso jardín del cual podamos sentirnos orgullosos. Nos falta enamorarnos de nuestro lugar y levantar bien alto y con orgullo, allí donde estemos, nuestra querida bandera argentina…

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