Algunas ciudades…

Camino, la curiosidad me invade y me sumerjo en un universo plagado de interrogantes. La vida que llevo no me ofrece ninguna certeza y sin embargo, me dejo atrapar por el paisaje que siempre tiene algo nuevo que ofrecerme, algo nuevo que mostrarme.

Y así voy, como un peregrino errante, como un explorador taciturno, alcanzado por el olor de los caminos, seducido por las sutiles diferencias que esconden algunas ciudades. Diferencias que me hablan de culturas, de razas, de raíces; de hombres que imaginaron el futuro de distintas maneras, de seres que a pesar de estar envueltos en causas sangrientas y más ambiciosas que las nuestras, nunca dejaron de soñar.

Entonces descubro que, a pesar de mis limitaciones, puedo acercarme a una verdad, que lejos de ser evidente me atrae por su forma, por el carácter sensual que incita al deseo, y por una necesidad infinita de posesión; advierto que algunas ciudades son como aquellas mujeres que tienen el poder de enamorarnos, de revelarnos un mundo cargado de misterios que, sin remedio, nos vemos condenados a desentrañar.

Y motivado por esta súbita obsesión, mi mirada adopta una actitud pasiva que se atiborra de figuras, de líneas que apuntan en distintas direcciones y que sin saberlo voy haciendo mías, para finalmente, caer rendido a esta suerte de burbuja imperceptible que se alimenta de olores que me remontan a la niñez, o redescubre un pasaje de mi  vida que había olvidado.

Y es así como voy, atrapado por el sutil aroma que se desprende de las calles, perdido en la generosidad de algunas ciudades que, entre otras cosas, tienen la particularidad de transformar el tiempo en un estado de ensoñación o, simplemente, dibujar en mi rostro una sonrisa. Ciudades que, además de alterar mis pensamientos, confirman mi origen y me convierten en un caminante promiscuo e indefenso, expuesto a los excesos de la belleza que lo transforma todo…

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