ADN…

Mi nombre es Juan Pérez, nací en Argentina hace algunos años. Crecí y viví en ese país en el cual me eduqué asimilando ciertas costumbres, que rápidamente se extendieron con fuerza a través de mis venas, como la sangre, dotándome de una cultura que me identifica y que llevo con orgullo. 

Sin embargo, este ADN nada tiene de especial en cuanto a pertenecer a una porción de tierra limitada y forjada a base de sangre y salvajismo. Nada tiene de orgullo en cuanto a pertenecer a un lugar que un día se creyó la perla de Sudamérica.

Porque los hombres nacen en un lugar como bien podrían nacer en cualquier parte, y ese cualquier parte del que hablo, quiere decir que el universo es un espacio ilimitado en el que las fronteras han sido puestas por aquellos que pretenden gobernarnos.

Esta libertad a la que me refiero, es un barco que atraca en todos los puertos, un aliento que avanza sobre los mares sin respetar palabras como patria o patriotismo. Términos que en la mayoría de los casos suelen degenerar en chovinismo o patrioterismo, vocablos éstos que para lo único que sirven es para hacernos creer que pertenecemos a un lugar, o para engañarnos como alguna vez pasó, una fría mañana de otoño en que la guerra se erigió como el único camino posible.

Este ADN que llevo grabado en mi cuerpo y que simplemente es el hilo conductor de otros miles de millones de almas que, al igual que yo, cargan sobre sus hombros ese sello de fábrica, no es otra cosa que el embrión que nos transforma en caminantes infatigables en busca de un horizonte, el mismo horizonte que hizo avanzar a los primeros hombres, y que un día me llevó a salir de mi país para darme cuenta de que la desconfianza, los prejuicios y las diferencias, son preconceptos estúpidos que pertenecen a la carencia de información y sobre todo a la falta de contacto humano. Que los lazos se forjan a través del tacto, de las miradas, de la palabra, y que un enemigo deja de serlo en cuanto se abre y te cuenta cuáles son sus gustos, o cuáles son sus sueños.

Tal vez por ello sea tan importante viajar, y así comprobar  que no soy tan alto como creía, ni tan inteligente; que los españoles no son todos toreros, y que todos los chinos no comen arroz ni son tan pequeños; viajar y ver con tus propios ojos que los alemanes pueden tener sentido del humor y que a los americanos al igual que a los cubanos también les puede gustar el fútbol; que los franceses no van por el mundo diciendo mon amour, o que los ingleses, además de la música, disfrutan de hacer buenos amigos. Y aceptar, aunque nos pese, que los italianos en cuestión de amores, nos llevan unos cuantos siglos de ventaja.

Quizás sea necesario romper con esas cadenas que nos someten y pretenden convencernos de que el mundo es así y que no hay nada que se pueda hacer para cambiarlo. Tal vez sea vital entender que en nuestro ADN no existen palabras como odio, racismo, guerras, desigualdad, homofobia, pobreza, hambre, miedo. Y al fin poder comprender que todo depende de nosotros, y no de un grupo de tecnócratas que pretenden ir en contra de la naturaleza…

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