Un año sin Diego…

El tiempo, las imágenes y el recuerdo. El alma que prefiere quedarse en silencio y una vez más tengo que llevarme la mano a los ojos si no quiero perderme el final de la jugada; una vez más, como siempre que lo veo correr con la pelota en los pies, las gambetas se hacen borrosas y las jugadas son como destellos de luz que no han perdido el brillo ni la admiración que despertaron en el corazón del niño que las vio por primera vez. Y entonces, lo veo festejar con el brazo en alto hasta que al final  su alegría me contagia; y, a pesar de las lágrimas que han ganado en intensidad, entiendo que estoy a salvo. Esto me pasa cada vez que lo veo correr dentro de un campo de futbol: las imágenes le dan paso a la emoción y el tiempo ya no responde de forma lineal, sino que, seducido por el recuerdo, me lleva de un lado a otro de mi infancia.

Pero, ¿quién sabe cuáles son las palabras, o por qué desaparecen cuando uno más las necesita? ¿Quién sabe por qué el dolor siempre le da paso al silencio y éste no hace más que transformarse en un vacio incomodo que me deja sin respuestas? Nadie parece saberlo y, sin embargo, hay algo que sí es cierto: las calles ya no son las mismas. No lo son y, a pesar de la perdida, en las paredes de los barrios distintas frases, pinturas, murales, no hacen más que confirmar ese amor incondicional por ese hombre que les dio identidad y que les hizo sentir que todo es posible. Las muestras de agradecimiento agigantan aún más su figura y el mito acaba por convencer a la historia que escriba otra página; una que no tiene que ver con la muerte sino con la verdad. La verdad de un pueblo futbolero que no tiene límites.   

No sé, tal vez haya alguien que lo sepa; alguien que me diga la verdad mirándome a la cara, alguien en el que pueda confiar, alguien que no pretenda aprovecharse de mi dolor y, en su lugar, me abrace con la intención de abrazar a otro ser humano; a otro ser humano que sufre. No, jamás podré expresar este dolor, jamás podré agradecerte toda la felicidad que me has dado; jamás porque en los ojos de un niño la magia es algo que nunca se olvida. Jamás, porque está claro que el mundo sin vos, ya no es el mismo…

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