Polvo…

Desde mi escritorio miré hacia alrededor y vi que nada parecía estar dispuesto a contribuir. La apatía se había apoderado de todos los objetos que yacían en la mesa y por un momento se me ocurrió que llevarían ahí desde siempre. Incluso un libro al que ojeaba constantemente y que en ese instante tenía delante de mis ojos, estaba cubierto por una leve capa de polvo.

Fue entonces cuando llevé por un segundo la vista a la pantalla del ordenador y aprovechando el reloj que tenía delante me pregunté cuanto tiempo llevaría sentado en la silla.  Y antes de encontrar una respuesta volví a llevar la mirada sobre los objetos que estaban en el escritorio: el lapicero y todo su contenido, la lámpara desde la base hasta la campana, distintas anotaciones, un encendedor, una tijera, un lápiz y todas las pequeñas cosas que descansaban en el escritorio; todas y cada una de ellas, no solo volvieron a llamar mi atención sino que las examiné como quien no puede creer lo que está viendo; todas y cada una de ellas, estaban cubiertas por la misma, fina, sutil y frágil capa de polvo que minutos atrás había encontrado en el libro.

A continuación (una vez que el asombro decidiera quitarse de en medio), llevé nuevamente la vista hacia el reloj para responder a la pregunta que momentos antes fuera interrumpida por el curioso imprevisto; pero como no sabía exactamente la hora en la que me había puesto a trabajar, me resultó imposible de responder. Fue ahí creo, tampoco estoy seguro, cuando se me ocurrió que tal vez podría usar esa palabra. <Polvo no solo tiene musicalidad sino que además tiene la capacidad de habitar en todas partes> –me dije.

Era evidente que llevaba un buen rato sentado. Al menos eso hubiera jurado si no fuera porque al estómago se le dio por no quejarse. No solo no lo  hizo, sino que se mantuvo bien calladito; y esto último, no hacía otra cosa más que confundirme. A pesar de eso, avancé con la idea de usar esa palabra. Entonces leí lo que acababa de escribir y vi que nada de lo escrito coincidía. Polvo reunía todas las cualidades que exigían mis textos: era musical, densa, fuerte; además, ya había sido utilizada por otros escritores y esto me provocaba un cosquilleo; algo parecido a un desafío. Estaba absolutamente convencido de que polvo era la palabra que debía utilizar pero, aun así, no encontraba una frase donde ponerla.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó, o cuánto tiempo estuve intentándolo. No sé si fueron minutos u horas, no sé si desistí de la idea o si al final logré incluirla palabrita en el texto. Lo que sí recuerdo es que me hizo rememorar antiguos pasajes de mi vida en lo que todo, o casi todo, se resumía a esa palabra. Quiero decir  el descubrimiento del placer, quiero decir los interminables momentos en los que no pensaba en otra cosa que en entregarme con todo lo que tenía.

Lo cierto es que el polvo estaba por todas partes, no solo en la mesa sino también en las teclas del ordenador. No solo en las cosas sino también en mi ropa. El polvo estaba por todas partes y esa fue la última vez que me animé a volver a mi escritorio: ese espacio mágico en el que un día el tiempo dejó de existir y el polvo pasó a cubrirlo todo…

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