Decisiones…

No cometeré el error de ensuciar mi infancia, ni poner en tela de juicio aquellas circunstancias que fueron el reflejo de acciones que no contemplaban vestigio alguno de inmoralidad. No, ningún pensamiento tendrá la posibilidad de mancillar ese espacio sagrado al que con autenticidad me entregué sin reparo.

En cambio, si permitiré que esta interrogación ponga su mirada en lo que vino después. Quiero decir en esas decisiones que, aun siendo mías, estaban contaminadas por cientos de imposiciones. Porque si en verdad existe un camino ese es el que vamos labrando con nuestras decisiones, o con nuestros precarios razonamientos. Y si bien uno debe apartarse de la absurda pretensión de encontrar claridad (ya que rara vez acierta cuando está comenzando), este esfuerzo puede, al menos, no hacernos sentir tan culpables.

Por ello, tal vez deba comenzar diciendo que nunca debí haber tomado la decisión de ir a un colegio industrial. No solo estoy convencido de esto sino que los recuerdos me lo confirman desde todos los ángulos: la familia, la escuela, yo mismo que en la soledad de mi mundo siempre daba muestras de poseer una gran inquietud. Inquietud jamás vista por una institución escolar que solo se dedica a enseñar lo programado. Lo programado que siempre da como resultado lo mismo. Mi familia (una familia de condición humilde), no es culpable de nada; porque si bien es cierto que no reconocieron mis inquietudes, me dieron el amor suficiente para que yo las descubra por mí mismo.

–Haz lo que te dé la gana, no tengo ganas de escucharte –le dije a Julieta, pensando en que su reclamo no era más que un simple reproche de todos los días. Sin embargo no era así, en verdad tenía la necesidad de hablarme y yo no supe escucharla. Esa fue la última línea de nuestra historia y, aun hoy, me pregunto: ¿Qué habría pasado si en lugar de haberme comportado como un idiota hubiera actuado distinto?

Irme fue quizás la mejor elección: Argentina no tenía mucho para ofrecerme y España se mostraba como una posibilidad para el cambio. Hoy todo parece confirmarlo y, a pesar de eso, el precio pagado me sigue pareciendo muy alto. Ya que si bien es cierto que he encontrado algo de luz, no pasa un día en el que me interrogue acerca de la distancia que me separa de mi familia.

Decisiones y más decisiones; decisiones tomadas que solo sirven para atormentarme, y decisiones que hoy veo como acertadas y que de alguna manera justifican el presente. Decisiones que ahora mismo debo tomar sabiendo que con lo que decida me estaré abriendo paso. La muerte es la única que sabe la verdad; la libertad en cambio, es como el cuadro de Delacroix: solo sabe provocar y hacerme perder la cabeza…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *