Niño Miguel…

Alguien me dijo una vez… “el arte no se vende, se regala”. Y a pesar de que por entonces no estaba demasiado convencido de aquella frase, la tomé con agrado sin pensar que algún día tendría la posibilidad de comprobarla.

Deambulando por las callejuelas de Huelva, cuna del flamenco por excelencia, encontré a un hombre tímido y silencioso que renegaba de su condición de artista. Un gitano que hacia vibrar las cuerdas de su guitarra con tanta naturalidad que uno era incapaz de separar el instrumento de la persona, y entonces cualquiera que lo veía podía llegar a creer que la guitarra era una prolongación de sus brazos.

No miento si digo que jamás había visto nada igual. El hecho es que este ser humano enjuto y de carácter apacible, daba la impresión de estar completamente apartado, allá donde los ángeles vuelan y disfrutan de la libertad que los mortales buscamos sin demasiado éxito.

Y a pesar de que no paraban de celebrarlo y de decirle que era el mejor en su arte; este hombre no se apartaba un ápice de ese instrumento, haciendo de esa reunión una mezcla de silencio y emoción contenida,  llevando el flamenco a límites insospechados. Y era justo en ese preciso instante, en el que los gritos celebraban el entusiasmo, cuando uno podía llegar a imaginarse el cielo, porque no había ninguna duda de que este hombre que teníamos delante, era la prueba de que había estado allí muchas veces.

Pero hoy en que todo se ha transformado en arte, y al mismo tiempo el arte se ha transformado en mercancía, quien es capaz de entender una frase como la del comienzo; quien es capaz de imaginarse que se puede estar en el cielo cuando en verdad la autenticidad te arrastra.

El hombre es un ser ávido de deseo dice el filósofo, y aunque lo ocultemos, en nuestro interior, no sólo deseamos que el otro nos reconozca, lo que deseamos es la inmortalidad.

Lo cierto es que este genio al que todos llamaban Miguel, no solo era capaz de estar horas tocando ese maravilloso instrumento, sino que sin pensarlo quizás, en ese rasgueo interminable que los allí presentes celebraban sin excepción, había encontrado el camino  que la mayoría de los hombres desean y apenas unos pocos encuentran, había alcanzado la inmortalidad…

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